1.El Ente


Catalina fue el nombre que le puso su madre Vesta, para que no se pareciera ni a ella, ni a ninguna de sus tres tías. Las cuatro hermanas habían sido bautizadas con nombres de diosas griegas: Hera, la mayor, Vesta, Artemisa y Venus, en ese orden. Su abuela, una bruja chapada a la antigua, tenía mucho respeto por los astros y la sabiduría que estos encierran. Como sabrán, en astrología, los planetas y luminarias son muchas veces explicados como arquetipos y los mitos griegos son fuertemente utilizados, tal como Carl Rogers dijo: "un mito es algo que nunca sucedió pero que siempre está sucediendo". Así que Madame Petite, como la conocían todos, intentó brindarles a sus hijas, dotes de diosas. Y hay que decirlo, como si fuera obra del destino, cada una adoptó, a su manera, las características de esas diosas. No se podía negar el don de mando de Hera, ni su compromiso, así como tampoco se podía refutar lo seductora y coqueta que era la pequeña Venus. Artemisa, valiente y decidida mientras que Vesta, la más introvertida, era hogareña y dedicaba gran parte de su tiempo a la meditación y las artes culinarias. 

Poco y nada se sabía del papá de Catalina, su madre apenas lo nombraba. Había sido un romance fugaz y no llegó a conocerlo; desapareció en cuanto le confesó que estaba embarazada. Vesta sufrió mucho entonces y de alguna manera, su beba absorbió gran parte de su pena haciéndola delicada y sensible, con dotes naturales de médium. Pero la tragedia golpeó la puerta de la familia cuando Vesta fue diagnosticada con cáncer en un pulmón muy avanzado y sin nada que hacer. Fallece una madrugada, a los 11 años de su hija. Sus hermanas se ocupan de ella desde entonces y aunque una madre es irreemplazable, se puede decir que Hera es la autoridad, Artemisa la más compinche y cálida y la picara Venus, es la que la apaña y la consiente en todo lo que está a su alcance. 

Madame Petite vivía en otra casa, sola y apartada, con sus veinte gatos a quienes llamó con números (sí, del 1 al 20) no tenía muchas ganas de usar nombres de diosas, ni dioses, ni astros, después de la muerte de su hija. Las tres tías y sobrinas se quedaron con el caserón familiar, que tenía todos los problemas de un lugar viejo, pero con suficiente espacio para que cada una tenga su habitación. El estudio que era de Madame Petite, pasó a ser el aposento de Hera, en la planta baja, con ventana a la vereda. Venus tenía su dormitorio en el sótano, en el que podía llevar a sus jóvenes amantes sin que nadie oyera nada, ya que su vieja cama solía chirriar demasiado. Artemisa y Catalina tenían sus habitaciones en la planta alta. El dormitorio en suite, ocupado antes por sus padres, había sido clausurado después de que un hechizo saliera mal y un espíritu vengativo quedara atrapado entre esas cuatro paredes. Si, así es, eran todas brujas. Y cuando escribo brujas me refiero a las clásicas que vuelan en escoba y usan sombrero negro en punta, las que hacen todo tipo de hechizos, manejan un herbario y venden pociones para el amor y la caída del pelo que nunca fallan. Su familia viene de un linaje que se remonta hace por lo menos, cinco siglos atrás y todos los conocimientos y poderes se pasan de generación en generación. 

Saben que Catalina tuvo suerte de nacer a finales del siglo XX, ya que las leyes que prohibían la práctica de brujería quedaron obsoletas a mediados de los sesenta en Inglaterra. Desde entonces religiones como la Wiccan, el chamanismo o el paganismo han vuelto a resurgir entre las cenizas para contarle al mundo que nunca se fueron y que cualquiera puede conocer su cosmovisión. Con la New Age, el Tarot, la astrología y otras ciencias ocultas se han popularizado occidente y, en el nuevo milenio, gracias al uso masivo de Internet, están en alce de popularidad y las personas consumen con avidez todo tipo de textos y productos, con la intención de mejorar su calidad de vida. Así es como las hermanas en la última década, han podido mantenerse económicamente: Hera empezó a vender pociones entre sus conocidos, cuando todavía trabajaba como administrativa en una funeraria, y tal era la demanda, que optó por renunciar y emprender su propio negocio online. En tres años, las visitas se multiplicaron y también los ingresos, logrando ampliar su línea de productos que incluían piedras, varitas, hierbas, cartas, agendas y demás. Todo lo relacionado con la brujería y sus elementos para cualquier ritual. 

El negocio prosperó y terminó alquilando un local en la ciudad, contratando a una vendedora y a una administrativa para que la ayudasen a preparar todos los pedidos, así ella podía emplear el tiempo en conseguir buena materia prima. Artemisa y Venus hacían las pociones, daban clases de Tarot, astrología y por supuesto, cuando eran solicitadas, hacían lecturas personalizadas. Vesta, al principio, hacia limpiezas del hogar a domicilio y fabricaba velas de todo tipo y formas, hasta que comenzó a enfermar y sus tareas fueron absorbidas entre sus tres hermanas. 

Catalina, de 16 años, iba a la escuela y aprendía poco a poco de la tradición familiar, aunque no parecía muy interesada en continuar la dinastía. Todavía no presentaba señales de gustarle mucho nada de ese mundo. No tenía vocación, ni metas. Esto no preocupó a sus tías, ya que la consideraban muy joven, había tiempo para crecer y descubrirse a sí misma en el camino.

La rutina de la semana era Venus despertando primera, subiendo a la cocina en donde prendía la cafetera y ponía a tostar el pan lactal en la tostadora que uno de sus ex novios le regaló. Cortaba naranjas y los exprimía, sacaba el queso crema y la mermelada artesanal de durazno, cortesía de Artemisa. Ponía la mesa con la vajilla de porcelana pintada a mano por su tía abuela. Salía al jardín, cortaba un par de flores y decoraba la mesa junto al delicado mantel bordado. Una vez que ponía el florero, subía a la primera planta con la campanilla en mano, caminaba por el pasillo y bajaba otra vez, a la cocina. Casi siempre era Hera la que abría las puertas del despacho ahora convertido en habitación, la mitad de su cuerpo estaba en pijama y el resto vestido con uno de sus famosos trajes que usaba en su vida laboral ejecutiva. Catalina bajaba a desayunar con el uniforme puesto del colegio privado al que asistía y, como todas conocían a Artemisa: siempre se quedaba dormida o llegaba tarde, Venus servía el desayuno para ellas tres. Cuando terminaban, Hera se cambiaba y salía a trabajar, Catalina tomaba su mochila y la escoba y volaba a la secundaria, que quedaba a diez cuadras. Venus retiraba la mesa, lavaba los platos y se ponía a preparar las pociones en el herbario ubicado al fondo de la casa. Había que atravesar el jardín siguiendo el caminito de piedra. Todo esto ocurría entre las seis y media y siete y media de la mañana. 

Artemisa, en cambio, podía dormir hasta las diez sin preocupaciones pero cuando se levantaba, sus pies y manos volaban (no en sentido literal) corría llevando pedidos, ayudando con la limpieza de la casa (todas estaban de acuerdo en que no querían dejar entrar a desconocidos, por lo cual eran ellas mismas las encargadas de mantener semejante caserón) armando pedidos y haciendo diligencias de aquí para allá. Los domingos, los días más tranquilos, iba al club de caza y practicaba junto a sus amigos: arco y flecha. Aunque nunca cazaría nada, dado que amaba a los animales y colaboraba activamente con el refugio de perros de la zona, solo era un hobbie. 

 

Esa mañana Catalina llegó con el tiempo justo, entró corriendo al colegio mientras sonaba la campana indicando que las clases comenzarían en breve. A punto de entrar al salón se chocó de frente con su compañera Estela. Era con la única que se hablaba de vez en cuando. Catalina no tenía amigos, aunque siempre les mentía a sus tías, diciéndoles que iba a la casa de tal o se juntaba con otro, cuando en realidad paseaba por las plazas escuchando música o leyendo algún libro de poesía, porque en realidad, aunque nunca lo admitiera en voz alta, era una romántica. 

Con Estela se sentaban una al lado de la otra, en un costado de la clase, así pasase lo que pasase, se miraban cómplices. El resto de sus compañeros veían a Catalina como una persona muy misteriosa y distante, le tenían un poco de miedo, los rumores decían que pertenecía a una familia de brujas malvadas y poderosas. Nadie quería meterse con ella, aunque tampoco nadie quería conocerla. Estela oscilaba entre estar con ella o con un grupo de chicas, que no le prestaban mucha atención, ya que también era de carácter introvertido. Admiraba mucho a Nadia, porque era lo que hubiera querido ser: osada, canchera, no tenia miedo de contestarle mal a los varones y caminaba muy segura de sí. Daría cualquier cosa por ser o estar más cerca de Nadia...y ese día, su oportunidad llegó. El profesor de literatura dio como proyecto representar una novela en el aula, a través de objetos, afiches y vestuario. Una de las consignas era que sería él quien armaría los grupos de trabajos en parejas. No hubo nadie que no protestara, no querían ser forzados a socializar con otros que no fueran los que ellos eligieran. A Estela le tocó hacer equipo con Nadia; por un lado estaba contenta pero por el otro, muy insegura, ya que sabía que a la otra no le gustaba nada. Para su sorpresa, Nadia se dio vuelta y le guiño el ojo. Estela estallaba de alegría ¿podría ser verdad? ¿Podrían llegar a ser amigas? La felicidad le salía por los poros. 

A Catalina le tocó hacer el proyecto con Octavio, un joven que venía de una familia muy católica y conservadora. Sabía que definitivamente, no se reunirían en la casa de sus tías, ni podría confiarle nada de su vida personal.

Estela y Nadia se juntaron en un café de la zona para organizar la tarea. Allí iban mayoría de adolescentes y jóvenes adultos que usaban el WIFI del lugar para conectarse desde sus dispositivos. La decoración del lugar era jovial, con sillones y mesas amplias, ideales para los grupos de estudio. 

Estela estaba muy tímida pero sonreía todo el tiempo, sabía que Nadia llevaría la delantera, como siempre. 

Comenzaron hablando un poco de la novela a elegir y con qué elementos contaban..., hasta que Nadia le preguntó por su amistad con Catalina, la bruja del salón. Quería saber sí conocía su casa y sí era verdad lo que se oía; que tenían un fantasma escondido en el ático. La otra no supo que contestar, pero no quería desperdiciar la oportunidad de sentirse importante ante ella así que mintió: le dijo que había entrado a la casa y que conocía a la familia excéntrica, que parecían buenas personas pero muy raras en su forma de vestir y hablar. Siguió inventando, basándose en lo poco que contaba Catalina y en los rumores del vecindario. En un momento, se sorprendió de sí misma y su capacidad de divagar, pero había logrado su cometido: tenía la atención de Nadia sobre ella y sabía que no terminaría allí, aunque tampoco imaginó lo que vendría después. 

 

Realmente poco importa como Estela robó las llaves de la casa de las brujas, con toda astucia. Se las ingenió para engatusar a Catalina y que la invité a pasar. Solo estuvo poco más de una hora, en la cocina, merendando café con leche mientras le explicaban los ejercicios matemáticos del día, pero fue suficiente para pispear de arriba a abajo, todas las aberturas del lugar y averiguar los horarios de la familia.

La capacidad de persuasión que tienen algunas personas es fascinante, lamentablemente no siempre lo usan de manera altruista pero es digno de admiración, que no siempre sean necesarios los hechizos y conjuros, cuando el uso del verbo es un talento natural. Esto es lo que aprendió Estela sobre si misma esa semana: pasó de ser una chica tímida e introvertida, con poco que decir a meterse en el bolsillo y a manipular a todos los que la rodeaban. Wow, Estela ¡felicidades! que tu complejo de inferioridad y tu baja autoestima no te lleven a caer tan bajo que olvides quienes fueron las personas que estuvieron a tu lado de manera genuina. 

Poco dada a la reflexión, Estela le informó a su nueva mejor amiga Nadia, que ya tenía el plan armado: debían esperar al jueves a las seis de la tarde, a que todas salgan a hacer sus actividades y poder entrar a la casa sin dificultad. 

 

Jueves. Seis de la tarde.

Nadia y Estela caminaron distraídamente por la acera, hasta llegar a la casa de las brujas. Miraron con disimulo y como no había Moros en la costa, entraron. Una vez en el vestíbulo, Estela se acercó al interruptor de la luz, Nadia se le adelantó e impidió el encendido, tenían que ser cautas; había traído dos linternas para poder explorar sin ser descubiertas. Si bien, no era de noche, el sol ya se ponía y el lugar se encontraba en penumbras.

El dormitorio del misterio estaba en la primera planta así que subieron rápidamente las escaleras y como se dieron cuenta que en el pasillo no había ventanales que delaten la luz, está vez si encendieron los faroles. La puerta del cuarto, estaba cubierta de símbolos ajenos a su conocimiento escritos con tiza. Sobre el piso, tierra roja, como impidiendo que algo entre o salga por debajo de la puerta. 

Nadia le hizo una seña a Estela para que abriera la puerta con la llave robada, cuando la introdujo en la cerradura, ambas contuvieron la respiración esperando oír algo. No pasó nada. Abrió despacio y entraron en la habitación desierta: ni un mueble, ni un cuadro, nada. Las dos recorrieron el espacio observando con detenimiento cada pared. Las ventanas estaban cubiertas con mucho papel de diario y maderas del lado de adentro. Se miraron aburridas, tenían demasiadas expectativas. Entonces la puerta se cerró de golpe con un ruido estruendoso. Sucedió muy rápido; un ente invisible se abalanzó sobre Estela y comenzó arañarle el abdomen. La joven no paraba de gritar desesperadamente. Su compañera quedó petrificada, con la boca abierta, sin poder articular un solo movimiento, ni decir una palabra. Ella solo veía a la chica sobre el suelo, aullando de dolor mientras su ropa se hacía jirones y la sangre brotaba, salpicando las paredes. 

La puerta se abrió violentamente y Hera entró gritando unas palabras en una lengua desconocida. Artemisa y Venus tironearon a Estela y la sacaron del cuarto, mientras el Ente, ahora visible como una sombra oscura, luchaba contra la magia de la bruja que lo condenaba a detenerse. Artemisa y Venus volvieron a entrar y sacaron a Estela.

El espíritu volvió a instalarse a la pared, como si estuviera pegado a ella, y Hera salió del dormitorio cerrándolo con llave. Venus hizo varios símbolos con las manos sobre la puerta y derramó tierra roja en el piso. Catalina abrazó a Nadia y la fue llevando a la planta baja, con suma delicadeza. Sus tías bajaron a Estela y la recostaron sobre la cama de Hera, mientras Artemisa abrió el botiquín de primeros auxilios. Tras desinfectarle las heridas, frotó pócimas sobre la piel recitando oraciones. En la cocina, Venus preparaba dos infusiones: una para tranquilizar a Nadia y que pude recobrar la compostura, o al menos intentarlo. Y la otra para el dolor y la angustia. 

Todas terminaron tomando el primer té. Venus había dejado horneando unas galletas caseras con pedacitos de almendra afrodisíacos, que estaban realmente deliciosas y apaciguaron los ánimos enseguida. 

Pasada una hora; reían como si fueran amigas del alma. Cuando Artemisa finalizó las curaciones, Estela no tenia ninguna herida. Allí, en donde estuvieron los surcos, había franjas de piel rosada nueva. La bruja le entregó un frasquito y le explicó cómo aplicarlo para que todo quedara del mismo color en pocos días. 

Cuando Estela estuvo en condiciones de caminar, Hera y Catalina tomaron un taxi y dejaron a las adolescentes, cada una en su casa, mintiéndoles a sus padres, inventando algún trabajo práctico de la escuela. 

 

Esa noche, tía y sobrina tuvieron una plática sobre no dejarse apabullar por las decepciones en las relaciones afectivas. No todas las amigas actúan de una manera tan egoísta. Catalina rompió a llorar, no consideraba a Estela su amiga, no compartían lo suficiente, pero confió en ella. Creyó que con el tiempo, su amistad podía consolidarse. Después de lo ocurrido, sabía que no. Los amigos también nos rompen el corazón. Nadie habla del vacío que sentimos cuando perdemos a un amigo, todo está enfocado en la pareja, pero duele y mucho. La conversación terminó con un abrazo estrecho, de esos que levantan y renuevan la vitalidad. Hera conocía a su sobrina, sabía lo sensible que era y como le costaba conocer gente, esperaba que con los años, esto cambiara un poco y que pudiese encontrar alguien en quien confiar. Catalina, por su lado, no sentía más pena, depositaba su amor y lealtad en su familia: sus tías y su mamá, a quien tenía presente todos los días. Cuando el vínculo afectivo es fuerte, la muerte no puede separar a las personas y las brujas lo saben. 

En cuanto al Ente encerrado, iban a tener que tomar una decisión, reunirse con el Coven y ver que podían hacer, sí pasarlo a algún frasco u objeto más pequeño. No podían esperar a que sucediese una tragedia. Era peligroso y sin dudas, este incidente lo había fortalecido, dado que pueden absorber la energía vital de un ser vivo, en especial sí este es humano... 

 

Autor: Victoria Marañón Rodríguez