2.Manipulación


"Hablemos de la manipulación" dijo Hera. Intentaba darle una lección de la condición humana a Catalina, su sobrina. "La manipulación no se trata de forzar a otros a que hagan lo que uno quiera, no. Manipular implica, con gracia, mostrarles a los demás tu punto de vista; que hay otra manera de hacer lo que uno hace." 

Catalina no estaba convencida y su expresión facial lo confirmaba. Para ella, la manipulación estaba connotada negativamente; era lo mismo que engañar, era querer controlar a los otros a través de mentiras. 

"Bueno, se puede usar con varias intenciones pero ¿quién puede afirmar que uno manipula para engañar? o, por el contrario ¿para querer abrir mentes? Eso no lo sabemos, a menos que nos lo confíen, que nos confíen sus intenciones y que sean sinceros." le explicaba Hera. "A veces,  nos engañamos a nosotros mismos, entonces, ¿realmente estamos queriendo engañar a los demás? o ¿solo repetimos afuera lo mismo que nos decimos para dentro?" 

La adolescente se cruzó de brazos, no le gustaba nada lo que decía su tía, estaba enojada. Hera dejó la habitación, tenía que reunirse con la contadora por temas del local. 

Catalina se puso los auriculares, y oyendo la música, mientras observaba la lluvia a través de su ventana, empezó a repasar los hechos desde el principio. 

En primer lugar, no había querido ir a ese retiro. Sus tías; en especial Hera y Artemisa, le habían insistido en que conocer otras brujas de su edad, podía ayudarle a sacarse el trago amargo que le dejó la experiencia con sus compañeras de clase y el ente encerrado. Catalina tenía 16 años y era introvertida; no se sentía mal por no socializar, no le interesaba, ni lo sufría, pero sus tutoras no pensaban lo mismo y veían a la adolescente con ojos preocupados. Así que insistieron de una y mil maneras posibles para que asistiera al campo Bernardette, un lugar alejado de la ciudad por más de 700 kilómetros, en donde había una casa y varias hectáreas para recrearse y practicar magia, sin miradas curiosas, ni dedos acusadores. 

Así partió Catalina, una mañana de otoño nublada. Cuando el micro la dejó en la terminal del pueblo más cercano, un auto Fiat 1 rojo la esperaba, con la puerta trasera abierta. Subió y puso el bolso a su lado, la señora regordeta y canosa que manejaba la saludó con la mano y un "hola" ahogado: estaba afónica. El traslado no duró más de treinta minutos, que se le hicieron eternos. Al pasar por la entrada de madera, muy precaria, por cierto, siguieron varios metros más por un camino de tierra, rodeado de hierba salvaje, luego doblaron a la izquierda para retomar un camino asfaltado con flores y plantas bien cuidadas, hasta llegar a la mansión Bernardette. Su puerta principal, al igual que las rejas que había en cada ventanal, eran de hierro art nouveau, realizadas por un verdadero artesano. El lugar tenía un halo de misterio y se respiraba brujería en el aire. Catalina sintió miedo. 

Ya en la que iba a ser su habitación durante el retiro, Catalina se cambió la ropa por un pantalón babucha negro y una musculosa del mismo color. Se calzó su chaqueta de jean y sus zapatillas para poder sentirse cómoda y salir a explorar el lugar; sabía que el miedo se vencía con valentía. Nadie es valiente sino siente miedo primero. 

La mansión estaba dividida en dos plantas; todos los dormitorios y sus respectivos baños, se encontraban en el primer piso, mientras que la cocina, la biblioteca, el gran salón, el quincho y dos baños menores; en la planta baja. En el exterior, había un jardín con piso de adoquines formando un círculo, en donde se reunían alrededor del fuego. Aparte una hectárea entera era dedicada a la agricultura. Las brujas del lugar intentaban cocinar con ingredientes manipulados por ellas mismas. Al supermercado iban muy poco y a regañadientes, cuando no les quedaba otra opción. Todas eran veganas, por lo que no tenían animales, a excepción, por supuesto, de dos perros sin raza: Cajún, parecido a un labrador marrón, y Febo; un flaquito tricolor, y tres gatos negros (tan típico): Osiris, Anubis y Thot. ¿Quién les puso los nombres? una de las sobrinas de la Alta sacerdotisa, hace varios años, cuando los rescató de la calle. Catalina empatizaba con los animales en seguida, así que su cariño y atención se centró en ellos, ignorando completamente el resto. 

En el jardín se topó con una compañera; aún no las había visto, estaban recolectando limones al otro lado. La joven la saludó con una sonrisa, dejó la canasta con la fruta y le dio la mano: "Soy Anastasia".

Catalina bastante seca le dio su nombre muy seria, para cortar todo tipo de vínculo, pero a la otra no le afectó y quiso conversar. Le preguntó de dónde venía, si era su primera vez, quienes eran sus familiares, le narró que venía desde los doce años (tenia dieciséis) su mamá y su tía eran brujas y querían que continuara el legado, etc, etc. 

Catalina captó con claridad que Anastasia era una de esas chicas que gustaban de conversar con todo el mundo, siempre sonrientes y sociables, dispuestas a hacer nuevas amistades. Lo opuesto a ella, en realidad. Los minutos corrieron y llegaron el resto de las compañeras; todas entre los quince y los diecisiete años de edad. Ninguna era nueva, por lo menos dos veces habían visitado Bernardette. 

Contrario a lo que Catalina pensaba, las chicas la hicieron sentir bienvenida, cada una con su personalidad peculiar. No quería confiar, le costaba abrirse pero quizás las brujas, al ser marginadas desde hace siglos, comprendían lo mismo que ella había sentido siempre: que no pertenecía a la sociedad humana. 

A la tarde, tuvieron clases de cocina con Madame Dolly; combinaba conocimientos con la de hierbas que dictaba Isabel, por lo que Catalina estaba un poco perdida. En algunas cosas se acordaba de su tía Artemisa, cuando quería enseñarle algo nuevo, pero siempre prestaba muy poca atención, así que entendió la mitad de lo que estaba escuchando. Sus compañeras la ayudaron con los apuntes y le indicaron donde buscar. 

A las siete, estaban libres para asistir a la biblioteca y estudiar lo aprendido. Como se colgaban hablando de cualquier tema, tenía que entrar Isabel cada tanto para pedirles que emplearan el tiempo con sabiduría.

Los días pasaron y Catalina se sentía un poco más cómoda con el lugar, con las sacerdotisas, pero sobretodo, con sus compañeras. Su parte desconfiada estaba cediendo de manera gradual, abrigaba esperanzas de que pronto podría abrirse y contarles algunos de sus secretos. Era muy callada, pero eso no parecía molestar a las demás. Compartían chistes y anécdotas graciosas pero nunca se burlaban de otros, mucho menos del aspecto físico, eran personas genuinas, sin rastro de malicia o rencor. Eran tan diferentes a sus compañeros de escuela, tan diferentes ¿sería porque eran brujas? 

Ese día en particular, no hacia ni frío, ni calor, estaba templado y a medida que fue bajando el sol, se respiraba cierta paz en el ambiente. Anastasia se acercó a Catalina, a eso de las siete de la tarde; estaban en la biblioteca repasando temas sobre alquimia. "Esta noche vamos a iniciarte en nuestra pequeña sociedad secreta. Nos vamos a ir a dormir, como todos los días y una de las chicas va a ir a despertarte, cuando llegue el momento. Vas a formar parte de algo especial." 

La adolescente retraída no entendía bien de que hablaba, pero imaginó algo así como un pijama party de solo chicas en las que se contarían sobre su primer beso y esos temas. Catalina nunca había besado a nadie, así que no iba a tener mucho que contar..., aunque podría compartir lo que había pasado con sus compañeras de clase; como se metieron en su casa, engañándola, para ver sí era cierto que en el dormitorio en suite, un Ente vivía encerrado por causa de los hechizos de su tía.

Eran las diez y media de la noche, Catalina no se puso su camisón sino que se vistió con un pantalón deportivo y una remera, dejó las zapatillas al lado de la cama, preparada para cuando la vinieran a buscar. 

A las once, llegó Stefy y la llamó susurrando. La adolescente se levantó, se calzó y siguió a su compañera a través de la casa, y luego a través del campo. Cruzaron toda la huerta, la luna estaba en fase creciente e iluminaba parte del camino. El corazón de Catalina golpeaba salvajemente en su pecho, estaba muy nerviosa, producto de su timidez quizás. 

Cuando llegaron al campo abierto, el resto: sus seis compañeras, las esperaban en un semi círculo. Todas vestían capas de un rojo estridente y Anastasia tenia una corona hecha con flores frescas del lugar, que colocó en la cabeza de Catalina. A esta le pareció un poco excéntrico y teatral el despliegue de sus ahora, nuevas amigas, pero sabía, por su propia familia, que las brujas tenían gustos estrafalarios. 

Las siete hicieron un círculo alrededor de la adolescente iniciada, Stefy ya tenía puesta su correspondiente capa y la miraba ahora solemnemente. El semblante de todas era de preocupación. Catalina volvió a sentir el miedo de ese primer día, en su llegada a Bernardette.

"No tengas miedo" le dijo Stefy. "Necesitamos que estés relajada."  

A Catalina no le gustó nada lo que dijo y el tono serio que empleó. Estaba asustada, y cuando comenzaron los cánticos y las siete elevaron sus brazos al cielo y, con un gesto violento, los bajaron, metiendo sus manos en la tierra, algo pasó. 

Algo o alguien se apoderaron de Catalina. No estaba sola, sentía una presencia dentro de sí. ¿Quién era? No podía distinguirla, no la conocía.

El tiempo exterior se detuvo, estaba como dentro de una burbuja. A su cuerpo lo sentía ajeno, como si fuera un medio, ya no lo controlaba y, poco a poco, entre tantas nuevas sensaciones, entendió parte de lo que estaba sucediendo. 

Lo que vio y oyó fue como estar viendo una película. Esas que hacen que te involucres tanto emocionalmente, que olvidas que el cine es una fantasía. 

Anastasia dio un paso al frente y le habló, pero no a ella, sino a la que estaba controlando sus funciones motoras. El ser con el que estaba compartiendo su cuerpo, o mejor dicho, usurpándolo. Estaba siendo poseída, aparentemente por un ser querido difunto de su compañera. ¿Una hermana, tal vez? no llegaba a comprender del todo la situación, pero se dio cuenta, porque lo supo en ese momento, que ese ser usurpador sentía cariño por Anastasia. Se abrazaron y sintió las lágrimas brotando de sus ojos; se extrañaban profundamente. ¿Una tragedia las había separado? o ¿un asesinato? Algo muy triste. Mucho dolor en ambas. De repente, todo cesó y recuperó el mando de su cuerpo.

"¿Qué carajos fue eso?" escupió las palabras. Toda la angustia, el afecto, el tormento se disipó y quedó el enojo, su enojo. Stefy intentó explicarle pero se detuvo en seco, al ver la ira en los ojos de Catalina. Estaba al borde del llanto. 

Anastasia lloraba y dos chicas la abrazaron y se la llevaron a la casa. La demás se fueron alejando despacio, muy consternadas, hasta que Catalina quedó sola, en el medio de la nada, con la luna creciente como única testigo. Quiso llorar pero no pudo. La bronca ganó la partida y quedó con toda la amargura dentro de sí.

Al día siguiente, no bajó a desayunar y cuando Isabel fue a buscarla, le explicó que se sentía mal y que quería volver a su casa. 

Esa misma tarde, Hera fue a buscarla con un auto alquilado. 

Su tía intentó hacer que hablara, sabía que no estaba enferma, en el sentido estricto de la palabra, pero sí que se sentía mal anímicamente. No lo consiguió.

 

Catalina tuvo sueños vividos repetidas veces, en las que volvía a ese punto; en donde perdía el control, en donde descubría como sus compañeras la habían manipulado. Se sentía una idiota por confiar, por creer que eran así de amables genuinamente, solo porque sí. 

Su tía Hera interrumpió sus pensamientos, abriendo la puerta de su dormitorio. "Tenes que tocar antes de entrar" le dijo la adolescente. 

"Toqué, te llamé, incluso grité ¿estabas con auriculares? o ¿con la mente en aquello de lo que no queres hablar?" 

La mujer se sentó sobre la cama y le tomó la mano con ternura. Catalina estaba dura, no quería quebrarse. Tenía tantas ganas de hablar, tantas ganas de sacarse eso que tenía adentro, atragantado. Empezó diciendo: "detesto la manipulación." 

"Hablemos de la manipulación" le dijo Hera…

 

Al otro día, Venus, la tercera y menor de sus tías, invitó a Catalina a tomar al té en su confitería favorita; estaba decorada como el país de las maravillas, de la obra de Lewis Carroll, uno de sus libros predilectos, esos que se leen una y otra vez. 

Cuando la moza se fue, después de servirles el té y las galletitas, en un juego de vajilla de porcelana pintado a mano, Venus fue directo al grano: "Sabes que estoy acá porque la conversación que tuviste con Hera no dio frutos. No coincido con mi hermana en la forma de comunicar, para mi al toro se lo toma por las astas. Naciste con el canal abierto. Una médium natural, como tu mamá. Quizás eso fue lo que te asustó. La verdad suele asustarnos. Tus compañeras no actuaron bien, tendrían que habértelo dicho, confundieron tu silencio con aceptación. Creyeron que lo asumías, era muy obvio para todos. Para todos excepto para..."

"Mí" se adelantó su sobrina: "me sentí traicionada, confundí mis deseos con mi intuición. Sabía lo que estaba pasando, lo sentí en cuanto llegué a Bernardette, pero no quise aceptarlo. Seguía pensando en lo que pasó con Nadia y Estela; como me engañaron por curiosidad. No estaba viviendo en el presente. No estaba viendo.”

De a poco, las fichas comenzaron a caer para Catalina, empezó a ver lo sucedido desde otro lugar. Desde un lugar de aceptación y no de conflicto. Se sintió un poquito mejor y comió las galletitas de avena y chocolate más animada. Venus le mostró su sonrisa más dulce y sincera, y le sirvió otra taza de té. 

 

 

Autor: Victoria Marañón Rodríguez