3.El canal


"Con la física cuántica, se ha demostrado que todos somos vibración, energía. Nuestro cuerpo físico, si lo miramos a nivel subatómico, no es más que electrones, neutrones., etc. Nosotros, estamos en el mundo de tres dimensiones y por lo tanto sólo vemos lo que hay en esta dimensión, pero somos como una emisora de radio, que captamos la frecuencia alineada con nuestras  vibraciones, y con nuestros sentidos, todo lo que sale de estos rangos no lo podemos captar; pero, hay personas (los médiums) que  tenemos un dial, con capacidad de captar otras frecuencias…" 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    Diana Dahan, médium.

 

Era un precioso día de mayo otoñal, Venus barría las hojas amarillas del camino de piedra que conducía a la entrada de la casa familiar que compartía con sus hermanas; Hera y Artemisa, y su sobrina adolescente; Catalina. Cuando terminó la tarea, se levantó un viento que anticipaba una tormenta. Entró a la casa y se dispuso a terminar las mermeladas de membrillo, que vendería la semana entrante, en la feria. Muchas personas le tenían miedo a su familia por ser abiertamente brujas, otras, por el contrario, las veneraban y compraban todo lo que hacían. Los que soñaban con un amor romántico, querían poseer todo aquello que Venus tocaba. La bella treintona, despertaba suspiros y admiración; no era muy linda pero sí delicada, además su nombre era asociado directamente con la diosa grecorromana del amor y la belleza. 

Mientras terminaba de armar los frascos, iba limpiando lo que ensuciaba. Sus pensamientos giraban en torno a la conversación que mantuvo con su sobrina, tres semanas atrás: estaban en una confitería y fue muy franca con ella. Resultaba ser que Catalina, como buena hija de su madre, Vesta, heredó parte de sus habilidades de médium. Había sido engañada por sus compañeras de estudio para convocar a la difunta hermana de una de ellas, porque quería despedirse. No era consciente de sus habilidades, o al menos, no quería serlo. 

Venus recordaba lo que era tener 16 años, también había tenido que lidiar con sus habilidades de bruja, sumado a la baja autoestima y el adolecer de la edad. Lo que estaba atravesando Catalina era parte de una etapa de vida, ni más, ni menos, pero por algún motivo se sentía intranquila. Con su experiencia sabía que cuando la alarma interna suena, había que aprender a escuchar, porque algo significaba...solo que todavía no entendía qué. 

Catalina estudiaba para el examen de matemáticas que tendría dentro de dos días. Le gustaba usar su cama como escritorio, así que desparramaba las carpetas, la calculadora y lo útiles sobre el acolchado y se arrodillaba en un viejo almohadón, en el suelo. Tenía un equipo de música chiquito, así que a veces, conectaba su celular usando un cable USB, y escuchaba sus canciones preferidas. Cuando terminó de hacer algunos ejercicios, se levantó para enchufar al móvil y despejar la mente con algunos temas tranquilos. Cuando se trataba de estudiar ciencias exactas, le gustaba el jazz, le era más sencillo concentrarse. La canción dio comienzo y a los cuarenta segundos se detuvo. Ella pensó que era un problema en el aparato así que intentó chequear que estuviera bien conectado, cuando un ruido a interferencia se hizo evidente. El celular no estaba puesto para oír radio, así que la joven apago el equipo directamente. Se quedó meditabunda un momento, y volvió a pegar las narices a los ejercicios matemáticos. 

Hacía tres semanas que no paraba de llover. La planta baja de la casa era una tienda literal, con ropa colgada en sogas que atravesaban la cocina y el estudio, ahora convertido en dormitorio de la mayor: Hera. En el jardín, los cultivos se ahogaban, así que tuvieron que inventar un sistema para evitar su ruina: con caños y plásticos que desviaban la corriente torrencial de agua. Algunos no pudieron ser salvados, eso implicaba que iban a tener menos materia prima para elaborar los productos. Por suerte, Venus y Artemisa habían almacenado varios frascos y con eso la tienda no iba a tener perdida. Ambas hermanas habían renunciado a las vacaciones de verano para trabajar: sabían que los meses de frío iban a ser duros. Mientras sus tías corrían de un lado al otro en la planta baja, Catalina estudiaba en su cuarto, en el primer piso. Esta vez le tocaba literatura clásica, así que allí estaba, leyendo "Orgullo y prejuicio" de Jane Austen, odiando al Señor Darcy e identificándose con Elizabeth Bennet, cuando su equipo de música se encendió. El ruido a interferencia fue aumentando gradualmente hasta llegar a un volumen alto. La adolescente se levantó de la cama, caminó lento hacía él, buscó el cable y lo desenchufó. El dormitorio quedó en silencio. Detrás de ella, un adorno de cristal con la forma de un cisne se cayó de la estantería, haciéndose añicos contra el suelo de madera. Sobresaltada se dio vuelta. No le causaba ninguna gracia la situación. Desde su regreso del campo Bernardette, sufría horribles pesadillas en las que entraba en contacto con sombras y seres humanoides sin rostro. A veces, su celular sonaba a las tres de la mañana o los útiles aparecían en otro lugar. Sabía que ese ritual había despertado una parte de ella que no quería aceptar porque le daba miedo, así que optaba por ignorar a lo que sea que la estaba intentando contactar. 

El adorno roto había pertenecido a su madre Vesta. Tenía pocos recuerdos de ella y con el correr de los años, la olvidaba un poquito más. Esto le generaba culpa; no poder sentir dolor por la muerte, no sentir apego por aquel ser amado que ya no está. Se veía a sí misma como una persona fría, pero estaba muy lejos de serlo. 

Dos golpes en la puerta. Catalina suspiró cansina, del otro lado la voz de su tía Venus preguntando si se encontraba bien. Abrió y le mostró el adorno hecho pedazos. La mujer pudo sentir el nerviosismo de la joven y le ofreció una taza de té con gotas de valeriana.

Ya más tranquila, Catalina le contó sobre sus sueños y los acontecimientos estando despierta, también su falta de deseo de querer hacer uso de su talento. 

- En algún momento vas a tener que confrontarlo, Catalina. Es cuestión de tiempo.- 

 

Esa misma noche, en un estado profundo de sueño, se encontró en un lugar parecido al campo de Bernardette. La brisa agitaba las ramas verdes y en el cielo oscuro no se encontraba la luna, sino el planeta Plutón; rosado, con su corazón de hielo, que parecía mirarle con intensidad. Iluminaba toda la estancia con un color rojizo. Podía verlo directamente, tan nítido, tan cerca. Una voz no humana habló pero no pudo entender lo que decía. No eran palabras, eran sonidos. Extrañamente, sabía que le comunicaban algo pero no descifraba qué. No sentía miedo pero sí angustia por no poder comprender el mensaje. Hizo fuerza con su mente para buscar dentro de sí, la herramienta que le permitiera decodificar esa frecuencia pero no lo logró. Una mano le tocó el hombro y cuando se giró a mirar, un humanoide gris, sin rostro, estrechó sus brazos hacía ella. Catalina saltó hacía atrás, ahora sí tenía miedo, pánico. Quiso gritar pero no pudo. Busco ayuda en el cielo, en Plutón, pero este había desaparecido. Quedó a oscuras, sola. El campo desapareció y el humanoide también. En la negrura del vacío intentó contemplarse, abrirse. Fue inútil.

Cuando despertó, el corazón le latía fuerte. Afuera, llovía a cantaros. Quiso llorar. 

Al día siguiente, un sábado precioso con el sol protegiéndolas del frío, sus tías se levantaron muy temprano para irse a la feria en el centro cultural. Habían estado trabajando arduamente, luchando contra el temporal, pudiendo preparar todos los productos para este evento. Catalina se quedó sola, excusándose con que tenía un examen muy difícil; una mentira para poder tener tiempo a solas con la biblioteca familiar. Buscó en el dormitorio/ estudio de Hera, en las estanterías llenas de libros con hojas amarillentas, uno en particular, sobre sueños. Había anotado todos los detalles que pudo recordar de la pesadilla; sabía que no debía tomarlo literal porque el mundo onírico trabaja más a base de sensaciones, la razón y la lógica de cuando estamos despiertos, no funciona. En los territorios de Neptuno sólo se puede sentir. Estar en contacto con el mundo de los sentimientos es el primer paso para poder discernir qué es lo que nos queremos decir, cuando la mente consciente está dormida. Catalina había nacido a principios de Marzo así que no le costaba tanto ponerlo en práctica; el tema pasaba por no querer lidiar con todo eso. ¿Qué tal sí no era algo externo lo que quería contactarla? ¿Sí era ella misma, desde el inconsciente, queriendo hacer uso de su poder latente? Eran ideas que iban y venían. Su cabeza giraba en un espiral sin sentido cuando, de repente, dio con el libro deseado. No tenía título, la tapa amarillenta mostraba el símbolo del planeta Neptuno: un tridente. Lo abrió y se sumergió en él, nunca supo cuántas horas pasaron. Estaba tan abstraída con la lectura que no sintió hambre, ni ganas de ir al baño. Cuando terminó, el sol había bajado lo suficiente como para tener que encender la luz. Se dio cuenta que tenía que comer así que encaró para la cocina. Mientras abría la heladera y se preparaba un sándwich de berenjenas con puré de palta, repasaba lo que había leído. Había una manera de decodificar el mensaje de la pesadilla, aunque tendría que recurrir a un ritual, inevitablemente. 

Con los pies descalzos salió al jardín, todavía humedecido por la tormenta del día anterior. Los enterró en el barro, donde algunos cultivos se echaron a perder y con los ojos cerrados recitó las palabras que aparecían en el libro. Con las manos, cortó un par de hojas verdes y las elevó al cielo, se entregó con afán a lo que estaba haciendo, abrió los ojos y el mundo cambió. Era de noche, era el jardín de su casa, estaba en la misma posición: descalza con los pies en el barro, pero en lugar del camisón, llevaba puesta una túnica blanca y una corona de flores en la cabeza. Sentía que la observaba algo desde la casa, quería investigar pero no se podía mover. Es como si el barro se hubiese convertido en cemento. Arriba en el cielo negro, apareció el planeta Plutón con su color rosado, tan característico. Catalina elevó su voz: 

-Plutón: háblame ¡estoy lista!- 

El sonido que emitió fue tan fuerte que la joven sintió desvanecerse. Es como si estuviera enojado y le gritara que no estaba lista. Catalina suplicó piedad y varios humanoides grises comenzaron a salir del suelo, de entre las plantas, del invernadero, la rodearon y con sus manos con dedos largos empezaron a acariciarla, primero despacio y luego más fuerte. Ella gritaba que la suelten, que no la toquen, se defendía y les pegaba como podía, pero estos no se inmutaban. Llegó a divisar al líder de estos seres, parado, sin rostro, en el porche de la casa, del lado de adentro. La observaba pero no se movía. 

La adolescente empezó a usar los dientes para defenderse, cuando le mordió la mano a uno...

Vomitó todo lo que había comido. Estaba otra vez, en el jardín pero despierta, era casi de noche. Buscó un balde con agua y limpió la suciedad. Entró corriendo a la casa y se dio una ducha caliente, antes de que llegara su familia. No quería que se enteraran, no quería contarles. 

Cuando bajó a prepararse un té, aparecieron sus tías parloteando sobre lo bien que les había ido, lo que habían vendido, que les habían ofrecido vender en el exterior, etc, etc. Las tres captaron que el ambiente del lugar estaba enrarecido y que Catalina había sido parte de eso. Ninguna dijo nada porque no fue necesario. En silencio, ordenaron las cajas vacías y cuando terminaron, Artemisa subió a su dormitorio y Venus bajó al suyo, en el sótano. Hera se dirigió al propio y desde allí llamó a su sobrina. 

-Estuviste revisando la biblioteca ¿encontraste lo que buscabas?- 

Catalina asintió. 

- Espero que estés siendo responsable con lo que sea que estés haciendo. Sabes que es la regla número uno que toda bruja debe tener: responsabilidad. Me parece bien que seas curiosa pero sabes lo que le pasó al gato por eso. Una cosa es querer aprender y comprometerse con el aprendizaje, que lleva tiempo y es algo gradual, a jugar con aquello que se ignora. Estás llamando seres que no deben estar acá y ya tenemos al Ente en el cuarto de tu abuela, así que... ¿me vas a decir que estuviste haciendo?- 

Catalina no pudo responder porque Hera le estaba pidiendo una explicación con palabras y ella solo sabía lo que sentía... ese llamado en sueños. 

-Estás castigada. No quiero que vuelvas a revisar la biblioteca, ni a entrar a mi estudio sin autorización. Te voy a sacar el celular y la notebook. Solo vas a estar en tu dormitorio estudiando. Artemisa, Venus o yo, te vamos a llevar la cena. Te podes retirar.- 

Su tía nunca había sido tan dura con ella. Nunca. Con un nudo en la garganta subió las escaleras y se encerró en el dormitorio. 

 

Esa noche, antes de dormirse, por primera vez en mucho tiempo, Catalina pensó en su mamá. Intentó recordarla, hizo memoria de un día a la salida de la escuela, cuando la fue a buscar con su chocolate predilecto. Divisaba su figura esbelta, su cabello castaño largo pero no podía verle la cara. Sintió desesperación y se durmió. 

Cuando abrió los ojos, su habitación estaba inundada de una luz proveniente del exterior, de un color rojizo. La puerta estaba abierta y cuando se levantó, se dio cuenta que tenía puesta una túnica blanca y una corona de flores en la cabeza. Caminó descalza, hacía al pasillo. 

De la pared surgió un humanoide gris que le señaló la puerta del dormitorio en suite, el que había pertenecido a su abuela: Madame Petite. Allí, sus tías mantenían a un Ente violento encerrado, producto de un ritual que salió mal. Sobre la entrada habían escrito símbolos para que no pudiera hacer daño. Ella nunca conoció a fondo la historia pero ahora, todo le resultaba extrañamente familiar. El humanoide siguió haciéndole señas para que se acercara y pronto llegaron dos más. Pronto, se encontró rodeada de seis de esos seres largos, sin rostro, que con muecas intentaban que abriese la puerta de la habitación. La joven sabía que no debía hacerlo, que casi mata a sus compañeras de clase una vez. Por algún motivo oculto dentro de sí, Catalina marcó tres símbolos de la pared, con la mano y la puerta de madera se abrió ante ella, como si hubiera insertado una llave. 

Los humanoides desaparecieron y la adolescente entró en el dormitorio amplio y vacío. La puerta se desvaneció detrás, quedándose sin salida, pues el único ventanal que había, estaba tapiado. De la pared, una figura masculina alta y oscura comenzó a tomar forma tridimensional. Era un hombre de mirada serena, pelo oscuro, tez pálida, que llevaba puesto un traje negro azabache y una camisa blanca. Sus zapatos de charol brillaban más de la cuenta, haciendo que la totalidad se viera surrealista, fuera de este mundo. Los colores eran vivos y su boca de labios gruesos, tenía una mueca parecida a una sonrisa, pero estaba serio. No había nada de alegre en su expresión, mucho menos divertido. 

-Tu nombre, demonio- dijo con voz clara, Catalina.

- ¿Por qué estás tan segura de que soy un demonio? ¿Acaso eso fue lo que te contaron tus tías?- 

Cata era sensible pero no ilusa, sabía que los entes jugaban con la mente de las personas; eran los maestros de la manipulación.

- Eres parecida a tu madre, a quién amé, mucho tiempo atrás.-

La joven buscó dentro de sí algún conjuro para enfrentarlo, para obligarlo a decir la verdad. Quería confrontarlo y mostrarle de lo que era capaz.

- ¿Acaso no querías comunicarte conmigo? Porque yo sí quería comunicarme contigo. Le pedí ayuda a mis aliados para que intercedieran por mí, y al fin, aquí estas.- 

-Tu nombre, demonio- repitió Catalina, con mucha seguridad. Saber el nombre le daba poder sobre él. Son esclavos de su nombre. 

- ¿Acaso no recuerdas? Tu tía Hera te borró la memoria, quiso alejarte de mí. Tengo la seguridad de que tampoco recuerdas el rostro de tu madre, ni su voz.-

No pudo evitarlo y las lágrimas le corrieron por las mejillas. Los demonios juegan con el dolor de las personas, saben que decir y usan la propia vulnerabilidad como arma para destruir la voluntad.

-Tu nombre, demonio- se le quebró la voz. 

- Yo amé a tu madre Vesta. Juntos estuvimos y juntos engendramos un hijo, un ser único, fuera de este mundo. Un puente, un canal entre esta dimensión y la otra. Alguien capaz de unir y construir algo nuevo.-

- Te obligo a que te vayas, a que nos dejes en paz, que vuelvas a tu sucio mundo y que no puedas seguir dañando...-

 

Catalina se despertó. Era todo un sueño. Todavía estaba oscuro, se fijó en el reloj: las cinco y cuarto. El sol salía tipo siete. La puerta del dormitorio comenzó a abrirse y un golpe abrupto terminó con el silencio de la casa. Las luces se encendieron y apareció Artemisa en pijama:

-¿Estas bien?-

Se oyeron pasos en la planta baja, Hera y Venus subieron las escaleras corriendo. Las tres se posicionaron delante de la puerta del dormitorio en suite. 

- ¿Quién es él? Me dijo que tuvo un hijo con mi madre.-

Las tres se miraron. Venus fue la única que bajó la mirada con culpa. Catalina la tomó del brazo y le pidió que le dijera la verdad: ¿quién era el ente? y ¿cómo pudo comunicarse con él, en un sueño?

- Eso no importa ahora.- respondió Hera, a sus espaldas. - Es tiempo de liberarlo, no podemos seguir sosteniendo esta pantomima. Creí poder protegerte, pero entiendo que no es así. Ya no.- 

Catalina retrocedió unos pasos y sus tías se tomaron de las manos. Recitaron palabras en un idioma que no conocía y los símbolos que estaban escritos en la pared, en torno a la abertura, empezaron a brillar como si tuvieran luz propia. La puerta se abrió de golpe y un grito desgarrador surgió del antro:

- ¡Yo te libero! ¡Pero no volverás a esta casa!- gritó Hera y el viento demencial que salía del cuarto cedió. 

Los escritos desaparecieron y la casa volvió a una normalidad, que ahora, resultaba extraña. El Ente se fue para siempre.  

El sol salió de manera literal y metafórica. Las cuatro desayunaron juntas y recibieron la visita de su madre; Madame Petite, quien no pisaba la casa desde la muerte de su hija, Vesta. Catalina corrió a abrazar a su abuela, la extrañaba con locura. 

- Al fin, lo dejaron ir. No pertenecía a esta casa.- Madame Petite se había ido a vivir sola con sus veinte gatos, después de que Hera encerró a ese Ente en su habitación. Estaba en completo desacuerdo con la decisión de su hija. Cada cosa debía estar en su lugar. Cada ser en su propia dimensión. 

Las brujas hablaban y comían, todas se sentían liberadas, al menos de estar compartiendo casa con algo sobrenatural. Mientras tomaba su té de manzanilla, Catalina recordó el rostro dulce de su madre.

 

 

Autor: Victoria Marañón Rodríguez