4.Recuerdos tétricos


Finalmente el invierno había llegado. La casa de las hermanas contaba con gas natural pero no había estufa en el sótano, donde dormía la menor, Venus, así que trasladaron el colchón al estudio/ cuarto de Hera. 

A la noche, antes de dormir, se oyeron las risitas y los cotilleos. Catalina salió de su habitación para oírlas, se acercó a las escaleras caminando en cuclillas solo con las medias puestas, se congeló y tuvo que volver corriendo a la cama. Artemisa también se acercó a husmear pero al ser más impulsiva, bajo saltando las escaleras de par en par, abrió de un tirón la puerta del estudio de Hera y les saltó encima a las dos:

-¡Con que están tramando algo!-

Las hermanas rieron a carcajadas (quizás algo tenía el té preparado por Venus, quien sabe que hierbas había combinado) 

-¡Bajemos los colchones, Cata, hoy dormimos las cuatro juntas! ¡Haremos un pijama party invernal!- le gritó Artemisa a su sobrina. 

Cata se sonrió, preparó la bolsa de dormir térmica que le habían comprado para irse de campamento más su mantita polar, y corrió hacía la planta baja. 

Ya instaladas las cuatro hicieron una carpa con sábanas para Catalina. Venus les sirvió té a todas y picaron unas galletitas de avena.

- Bueno ¿nos van a poner al tanto?- increpó Artemisa, entonces comenzó a hablar Venus sobre sí el nuevo repartidor era atractivo o no. Las opiniones eran variadas como sus protagonistas; Hera lo consideraba demasiado despistado, aunque ya sabían lo puntillosa que su hermana mayor podía ser en lo referente a todo, Artemisa creía que tenía buenos pectorales, aunque sin dudas le faltaba chispa, a Venus le parecía muy amable y eso siempre la seducía y bueno Catalina no lo conocía. 

-¿Algún muchachito en el Instituto que haya llamado tu atención, Cata? - preguntó picara Artemisa.

- No realmente, hay uno que me parece lindo pero no lo conozco, está en el último año.- 

- Pero podes conocerlo, todavía quedan largos meses por delante- le guiñó un ojo Venus.

- No soy así, tía, me cuesta acercarme a alguien cuando me gusta, me pongo muy nerviosa y no quiero parecer una tonta.-

- En el amor somos todos tontos, querida sobrina, acostúmbrate, lo digo por experiencia en carne propia y por observar a los demás. Uno puede ser serio y responsable pero cuando te enamoras, eso queda de lado.- le dijo Hera. 

- ¿Ustedes saben de quién se enamoró mi mamá antes de tenerme?- era la primera vez que la adolescente mostraba interés en conocer algo de la historia amorosa previa de Vesta, siempre se había mantenido al margen de conocer a su padre. 

La situación se puso espesa, las hermanas se miraron entre ellas esperando que sea otra la que tuviese ganas de hablar, pero algo se mostraba claro: lo sabían y se sentían culpables de ocultar la información. Las menores miraron a Hera, quien claramente no solo por ser mayor, sino por tener don de mando, era la más adecuada para que contara.

-Ok, visto y considerando la situación, no me queda más remedio que hablar a mí.- dijo Hera suspirando. -Tu mamá fue una gran bruja; disfrutaba ayudando a toda persona que necesitara un empujón en algún área de su vida para salir adelante. Fue un pilar importante para mí, no sólo por haber sido la primera hermana que tuve, sino porque me alentó primero, a dejar una relación destructiva y, segundo, a ponerme al mando de la tienda y lanzarme a hacer negocios. Por eso y por el amor que le tengo, te lo voy a contar. Considero que no es violar su intimidad sino acercarte más a ella. Tu mamá hacía trabajos como médium, tenía talento para muchas cosas, pero las personas confiaban en ella cuando se trataba de contactar con sus seres fallecidos o resolver la convivencia con algún ente perverso. Ella era grácil y tenía tacto para escuchar y guiarlos hacía un entendimiento, alejándolos del miedo. Esto también generó algo de celos entre miembros de nuestra comunidad; en el coven, algunas brujas se quejaban de que les sacaba los clientes. Por supuesto no lo hacía adrede, pero cuando una persona tiene carisma, es casi imposible pasar desapercibido y Vesta tenía ángel. Un día le tocó una tarea muy difícil: un matrimonio millonario tocó el timbre de nuestro hogar para rogarle que los ayudara a exorcizar su casa, una vieja mansión en el barrio de Martínez. 

Tu mamá no tuvo problemas y pactaron una fecha; algo dentro suyo sabía que iba a ser una experiencia nueva y diferente, pero no tenía claro sí era algo positivo o negativo, así que acudió al lugar sin la certeza. Cuando entró en la casa percibió un rico aroma, mezcla de avellanas, con cacao y canela, que sabía no provenía de la cocina. Se dejó llevar por el perfume hasta la planta alta, las habitaciones eran amplias pero oscuras y frías. En la más grande, en la suite matrimonial, la esperaba una figura esbelta masculina. Ella dijo que fue amor a primera vista, aunque no estoy tan segura. Algunos entes son muy seductores y conocen los recovecos del alma humana, saben cuáles son nuestros puntos vulnerables, como anhelamos un acercamiento sincero con un otro, lo que disfrutamos las caricias y la atención del objeto del deseo, así que creo que sí bien el cariño de tu madre era genuino, el de él no.-

Venus frotó con dulzura la espalda de su sobrina:

-¿Estas bien, corazón? ¿Te preparo un té de tilo?-

Catalina estaba asimilando de a poco lo que su tía acababa de narrar. No pudo contener algunas lágrimas que salieron rabiosas de sus ojos. Su mente daba vueltas, lo entendía pero al mismo tiempo estaba confundida. ¿Era hija de una humana y un ente? parecía salido de una novela de fantasía, no quería creerlo.

-Quizás continuamos con el relato en otro momento- interrumpió Artemisa.

-No, quiero saber y quiero saber también, porque no me lo contaron antes.-

- Eras muy chica, Catalina, recién ahora estas en edad de saber porque es muy delicado y sí bien hoy inclusive, te va a ser difícil digerirlo, es parte de crecer. Estas en un momento de vida donde te estas descubriendo y conocer tus orígenes es parte de ese proceso. No te puedo negar la verdad hoy, pero sí fui yo quien tomó la decisión de ocultarlo ayer. No te enojes con tus tías, ni con tu abuela, con quien estuve distanciada durante estos últimos años por este tema. Tomé las riendas para protegerte...-

Esto último enfureció a la adolescente que la interrumpió levantando la voz:

-¡No me digas que lo hiciste para protegerme! ¡Siempre que alguien usa esa justificación, lo único que está negando es su propia capacidad para enfrentar los problemas!- 

Catalina amagó a levantarse del colchón para irse pero Artemisa la agarró del brazo.

-No huyas-

Se quedó ofendida con la vista baja. Venus salió a buscar más agua y agregó en la tetera unas hierbas especiales para aflojar los enojos y favorecer el perdón. 

No hubo más cháchara esa noche, todas se durmieron.

 

El sábado que Catalina no tenía escuela y sus tías estaban ocupadas cada una en sus quehaceres, decidió usar el ejercicio del libro de Neptuno; en él había indicaciones de como entrar en trance y buscar a través de aromas, sensaciones impregnadas en las paredes aquello que Hera le negaba saber. Puso su mente en blanco, cruzó las piernas, unió las yemas de los dedos; el pulgar con el índice, respiró entre pausas largas, como si estuviera meditando y pronunció para sí misma las siguientes palabras:

-Oh, Neptuno, todo poderoso, rey de los océanos efímeros que todo lo sienten, todo lo perciben, te ruego me ayudes a encontrar la respuesta que busco…- no terminó de decirlo que ya estaba en trance. Abrió los ojos, seguía en su habitación que ahora lucía decorada de otra manera: había un escritorio de madera gastado, libros con olor a humedad y una pequeña mesita con una bola de cristal. “El estudio de la abuela” pensó Catalina. Lo había logrado, estaba percibiendo a través de esas paredes la historia escrita tiempo atrás. Se incorporó con suavidad poniéndose en pie caminando lentamente hacía la puerta que daba al pasillo, al otro lado la esperaba el dormitorio en suite de su abuela, en donde durante tanto tiempo habitó el ente que sus tías habían capturado. 

Cuando cruzó el umbral de la habitación vio la cama matrimonial, el placard de madera pintado de blanco y una silla con prendas desparramadas, su abuela siempre había sido una persona austera. En eso oyó un sollozo femenino, provenía de la otra habitación, la que ahora ocupaba Artemisa. Dirigió su atención hacía allí y pudo ver a su madre, Vesta, sentada sobre la cama intentando llorar en silencio con las manos tapándose el rostro. Llevaba puesto un camisón celeste que le daba una apariencia etérea, su bella y larga cabellera castaña le caía con peso sobre la espalda. Catalina se emocionó derramando lágrimas de angustia y felicidad por partes iguales. Deseaba saber porque su madre se encontraba así pero lo supo, al instante en que se lo preguntó, supo la respuesta: sufría por amor, sentía culpa, estaba haciendo algo indebido. ¿Sería cierto lo que le contó Hera? ¿Realmente se habría enamorado de un ente perverso? Vesta se levantó de la cama y sacó de debajo del colchón un diario íntimo con candado, la llave colgaba de su cuello, lo abrió poniéndose a escribir con avidez. Una sombra pasó volando detrás de Catalina, el cuerpo entero se le contrajo, un escalofrío le recorrió la espalda, los pelos se le pusieron de punta y no pudo evitar sentir un miedo paralizante hasta que tomó coraje y avanzó hacia el pasillo. Allí una figura oscura como una noche sin estrellas estaba de espaldas mirando la pared, como si se encontrara en penitencia.

-¿Quién es?- las palabras salieron de la boca de la adolescente que no pretendía entablar conversación con aquel ser. 

-Creo que ya sabes quién soy- contestó una voz masculina elocuente y seria. 

Vesta salió del dormitorio y atravesó el cuerpo de Catalina, luego bajó las escaleras hasta la planta baja, no llevaba el diario con ella. La adolescente miró el colchón. 

 

-Veo tu deseo pero ¿sabías que no hay que violar la intimidad de los muertos? Aunque claro, a tus tías no les importó.- 

Catalina estaba cansada de que este ser arrojara piedras sobre la imagen que ella tenía de sus queridas tías. Iba a averiguar que sucedía, costase lo que costase. Quiso sacar el diario pero no pudo, atravesó el colchón, era como un fantasma. “No estoy lo suficientemente fuerte” pensó Catalina.

-Pero lo estarás, tienes dentro lo necesario para lograrlo.- le respondió el ente. 

“También puede leer mi mente.” 

Catalina abrió los ojos, estaba en pijama en su habitación, en el presente.  

“Tengo que conseguir el diario de mi madre.”

 

 

Autor: Victoria Marañón Rodríguez