5.Vesta


Corría por el bosque, su bello vestido de seda turquesa ondeaba dándole una apariencia etérea, como sí de una elfa se tratara. No entendía del todo a donde se dirigía, ni sí tenía que dejar algo atrás o sí tenía que estar atenta a lo que descubriría delante. Avanzaba entre los árboles, no se oían animales pero las voces susurrantes persistían. Hablaban en una lengua muerta que no conocía. Podía sentir si quería en su interior el significado; era certeza, estaba yendo en la dirección correcta aunque con un propósito y destino inciertos. 

Se detuvo ante una cabaña humilde. De la chimenea un humo celeste impregnaba el frondoso bosque, el aroma a almíbar le llegó más tarde: era dulce. Abrió la puerta, no esperaba nada, tenía la mente en blanco. Sin expectativas entró en la sala de estar, una vieja bruja vestida de negro con el sombrero en punta y zapatos violetas revolvía con un cucharón de madera, el caldero que se erigía en el centro del lugar. 

- Ven, niña, prueba, es dulce- la voz de la vieja bruja era como salida de una caricatura clásica. Se sentía en el cuento de Hansel y Gretel. Como sí le hubiera leído la mente, la anciana le respondió el pensamiento:

- No soy la bruja de Hansel y Gretel, niña, solo una vieja bruja indefensa, mis pociones están más relacionadas con el mundo de los muertos, que de los vivos.-

- ¿Por qué los muertos necesitan magia?- la pregunta brotó de sus labios, sin meditación. Se sorprendió a si misma esperando paciente la respuesta de su interlocutora. 

- Porque los muertos saben.- Hizo una pausa. -Los vivos están demasiado preocupados en sus asuntos mundanos, no ven lo esencial pero los muertos sí. Ellos conocen secretos y quieren ayudar a los vivos a descubrirlos también. Por eso me hablan, niña, me piden que los escuche. Tienen tanto que decir. A veces creo que necesitan más paz que los vivos.-

Mirando el color turquesa del líquido que preparaba la anciana en el caldero, preguntó:

-¿Cómo les serviría ese brebaje a los muertos?-

-¿Muertos? Esta poción no es para los muertos, esta poción es para ti. Te estaba esperando.-

Sintió un escalofrío recorriéndole la espina dorsal. La bruja le volvió a responder el pensamiento:

- Porque tú también puedes hablar con los muertos.- 

No era cierto, no podía, nunca había tenido contacto con el más allá, ni siquiera tenía seres queridos fallecidos, la bruja deliraba.

-No, no deliro. Si, puedes hablar con los muertos, ellos lo saben y por eso te siguen. Esta poción te ayudará a verlos con mayor claridad.- 

Antes de poder reaccionar si quiera, bebía con avidez el brebaje celeste, sabia a agua, se dio cuenta de que tenia sed, mucha sed. Siguió bebiendo y cuando hubo terminado algo cambió dentro de ella. Algo cambiaría para siempre, aunque no lo supiera todavía, pues tardaría unos cuantos años en morir, entonces lo sabría. Era su destino.

 

Años más tarde, cuando el matrimonio Guerrero le pidió ayuda a Vesta, para exorcizar cierta presencia nefasta en su caserón en el viejo barrio de Martínez, una sensación de peligro inminente la sacudió. Le daba vergüenza admitirlo pero esa vez solo aceptó el trabajo porque la paga era muy buena. Demasiado generosa y las cuestiones económicas para la familia no estaban nada bien. Sus hermanas y su madre lo daban todo por salir adelante, que al menos el esfuerzo valiera la pena. Por ese entonces ella tenía veinte años, no se consideraba a sí misma una mujer adulta; era consciente de lo joven y lo poco que sabía de la vida. 

Hacía frío ese último día de Mayo, el viento rugía con fuerza. La madera de la puerta de entrada hizo un ruido estruendoso al abrirse, eso la alarmó más. Al entrar la casa se veía grande y vacía pero no por ausencia de muebles, sino por carencia de vida ¿Realmente ese matrimonio vivía allí? Eso no se parecía en nada a un hogar, claro que sus parámetros no eran del todo normales, porque no hay nada de normal en una familia de brujas. El aroma dulzón la envolvió enseguida, la llamaba desde el primer piso. Subió las escaleras que crujieron bajo su peso. Se sentía embriagada por el olor, casi podía flotar, intentó buscar la voz de la razón dentro de sí. Las puertas del dormitorio principal se abrieron de par en par y allí estaba él; tan elegante, alto, vestido de negro con el pelo bien corto peinado hacía atrás. Se dio vuelta y sonrió. Su piel pálida, sus dientes afilados, Vesta no había visto Drácula con Bela Lugosi pero sí lo hubiera hecho, estaría de acuerdo con la comparación.  

Sí un ser humano se encuentra cara a cara con un tigre de Bengala, lo más probable es que se le pasen dos cosas por la cabeza: primero, no importa que el ser humano este primero en la cadena alimenticia, desarmado, frente a un tigre no tiene posibilidades de sobrevivir, y segundo, admiraría la magnificencia de dicho depredador. Vesta era el humano.

-Señorita Vesta, es todo un placer para mí.- el diabólico ser le hizo una reverencia y continuó: - Una bruja de verdad, al fin.- 

Sin preámbulos, ni presentaciones, Vesta sacó de su bolso un poco de mirra, lo encendió con un encendedor y empezó a recitar en voz alta palabras de limpieza. El Ente observaba atentamente cada gesto, cada paso que ella daba, como sí la estuviera analizando. La bruja estaba nerviosa, la barbilla le temblaba, intentaba mantener la compostura pero sabía que el otro percibía su miedo, aunque muy por debajo de las apariencias, él también tenía recelo de ella y su magia. Dicen, no sé quiénes lo dicen, que la compenetración entre dos enemigos naturales es tan o más intensa que la existe entre dos amantes. Así era la energía que se respiraba en el lugar: la tensión entre la bruja y el Ente le hubiera puesto los pelos de punta hasta el más escéptico de los mortales. 

- Me gustan tus movimientos, Vesta, tan delicada. Tan entregada a tus tareas de bruja. Es como sí pusieras hasta la última parte de tu corazón en cada cosa que haces.-

Ella intentó aparentar indiferencia pero cada palabra, cada gesto de ese ser se le clavaban en el cuerpo como violentas puñaladas. Tras terminar de limpiar cada rincón de la habitación con la mirra, hurgó en su bolso y extrajo una varita de color marfil, tallada a mano por su propia madre: Madame Petite. Los ojos del Ente se abrieron de par en par, la boca se contrajo en una gran O, el lugar empezó a temblar. Vesta se paró frente a él y agitó la varita pero antes de poder exclamar las oraciones, una fuerza sobrenatural la empujó contra la pared, dejándola malherida. El ser nefasto desapareció y todo volvió a la normalidad, si se puede utilizar esa palabra tras semejante desafío. Vesta se incorporó despacio, le dolía la espalda, se estiró y le crujieron los huesos, respiró hondo, contó hasta diez, se incorporó y continuó con las tareas de limpieza ¡Estuvo ocho horas trabajando en el caserón! Era muy grande para una sola bruja, el matrimonio Guerrero estuvo atento todo el tiempo, ofreciéndole té, algo para comer, un almohadón, una cama para descansar, pero Vesta seguía firme en sus tareas. Cuando finalizó el señor Guerrero la llevó en auto hasta su casa, le pagó y le agradeció infinitamente su labor: podía contar con él y su esposa siempre que lo quisiese. Cuando cerró la puerta de la casa, Hera bajaba por las escaleras, Vesta llegó a desplomarse en sus brazos. Su hermana menor, Venus, que por aquel entonces tenía 13 años le hacía masajes en los pies con una pomada de coco, Artemisa ayudaba a su madre a preparar un té con hierbas para que recobrara las fuerzas.

-Muy poderoso ese Ente...no me gusta nada- comentó Hera preocupada.

-Tonterías, Hera, siempre tan seria y solemne. Tu hermana tiene fortaleza y poder, es toda una bruja hecha y derecha.- contestó la madre con tono reprobatorio. Siempre castigaba a su hija mayor con comentarios exigentes, pues sabía en su interior que Hera siempre tenía razón y no quería que asustara a sus hermanas menores. 

Pronto recuperó sus fuerzas y volvió a sus quehaceres de manera progresiva, había estado chateando con Ramón; un joven de 22 años que tenía algunos vestigios de médium, podía ver el aura de las personas y había tenido algunos encuentros con su abuelo paterno después de fallecido. Era lo más cerca que había estado ella de alguien, se sentía entusiasmada por esta relación, él era cálido y comprensivo. Se citaron para verse en una confitería una tarde fría, platicaron por horas y cuando llegó el momento de la despedida, él le dio un beso en la mejilla, Vesta sintió electricidad en todo el cuerpo, sus mejillas ardieron al igual que su corazón. Prometieron volver a verse. Y así cumplieron, caminaron por el botánico durante dos horas hasta que él la invitó a su casa, vivía a dos cuadras, en un departamento a media cuadra de la Avenida Santa Fe. "Santa Fe" eso es lo que Vesta tenia; fe en la relación que surgía entre los dos. Cuando entró al departamento una sonrisa se le dibujó en el rostro, Ramón había cubierto con pétalos la cama de dos plazas, había velas aromáticas y buen vino que sirvió en dos copas. 

-Quería que nuestra primera vez fuese especial- le dijo. Vesta sintió su corazón galopar salvajemente, era su primera vez. Cuando el beso llegó, ella ya estaba en el paraíso. Hicieron el amor varias veces. Nunca se había sentido tan feliz, solo podía irradiar alegría. Antes de acompañarla hasta su casa, Ramón sacó de un cajón una cajita oscura:

-Un regalo para una princesa-

Vesta abrió el presente:

-Es hermoso- 

Un amuleto con forma de llave que tenía colgando otros dijes, entre ellos, un pentagrama.

-La llave de mi corazón- le dijo él y volvió a besarla.

 

Pasaron los días y Ramón no le devolvía ni las llamadas, ni los mensajes, hasta que un día directamente la bloqueó en el chat. Vesta lloraba desconsoladamente, sus poderes de bruja no le habían servido para pronosticar tamaña desilusión amorosa. Hera no lo quería decir pero lo sabía, su madre también lo sabía y sus hermanas sabían que algo pasaba pero no entendían qué. Vesta estaba embarazada. Ese día acaramelado que vivió junto a él había sembrado dentro de sí la vida del ser que le cambiaría la vida para siempre: Catalina, su hija. 

-Nosotras las vamos a cuidar- le prometió Hera a su hermana. Ya sabía que nacería otra brujita en la familia:

-Va a nacer con el sol en la constelación de Piscis, una Neptuniana en la familia. Vamos a ser muy cuidadosas con ella, pues será muy sensible a todo lo que este pululando en el ambiente.- 

 

Los meses pasaron y la tristeza en el corazón de Vesta dio paso al entusiasmo por sentir crecer al bebé dentro de su útero. Las brujas están muy conectadas con sus órganos reproductivos, ellas no ven la menstruación como algo que da vergüenza o debe ocultarse sino algo que es digno de celebración, por eso sus rituales están muy asociados a los ciclos de la luna que son análogos a los ciclos de la mujer. 

Distribuyeron los dormitorios de otra manera para brindarles un lugar propio: Hera empezó a trabajar en el sótano, armaría su habitación, así cedería su espacio a la beba. Artemisa y Venus compartían cuarto en el primer piso y Madame Petite tenía el más grande en suite. Cuando Catalina nació fue colmada de amor y dulzura, fue el centro de todas las miradas y alabanzas. Vesta se sintió feliz, pero no como la otra vez, esta felicidad tenía base firmes, no estaba edificada en ilusiones, esta felicidad echaría raíces, crecería y brindaría sus frutos algún día. 

 

Diario de Vesta - 3 de Marzo de 2002

 

Estoy angustiada pero no quiero que mis hermanas lo sepan. La felicidad que me dio mi hija al nacer se ve opacada por la presencia de ese ser siniestro con el que me topé hace diez meses. Estoy asustada, se presentó en la clínica mientras mis hermanas no estaban, no me dejan tener visitas todo el tiempo. Me dijo que mi hija era de él, como lo era yo. Me dijo que no fuera ingenua, que no fue casualidad que quedara embarazada del tipo enamorado de la bebida. Se refiere a Ramón: ¿cómo pude ser tan ciega? ¿Será verdad? Estos entes pueden ser muy manipuladores. Puede mentir en esto como también puede decir la verdad, quizás sí engañó a Ramón. No sé en qué creer. Solo quiero estar bien para mi hermosa hija. Catalina no puede crecer sabiendo esto. Tengo que hablar con Hera, ella siempre me contiene, es mi sostén en la vida. Gracias a la Gran Diosa por la maravillosa hermana que me dio, sé que muchas veces me habla a través de ella...

 

Autor: Victoria Marañón Rodríguez