7. El novio

 

 Soplaba el frío viento en la ciudad de Buenos Aires. En la televisión y en la radio anunciaban cinco muertes de personas en situaciones de calle a causa de las bajas temperaturas. 

Hera caminaba por la calle Corrientes del centro porteño, el abrigo púrpura que llevaba, herencia de su bisabuela, no impedía que los dientes castañearan. Se llevó la mano al cuello para ajustar la bufanda negra tejida a mano por su hermana Artemisa, años atrás, en alguno de sus impulsos marciales en donde se auto imponía hacer algo nuevo. Estaba preocupada por Venus, hacía seis meses que convivia con su novio pero hace una semana que no recibía ni un mensaje, comportamiento extraño en ella. Vivía ahora en la ciudad, en un edificio decadente, en un departamento de dos ambientes en planta baja. Como era bruja, confiaba en su intuición, sabía que algo pasaba pero no podía definir con claridad qué. Había persuadido a su sobrina para que usara sus dones, pero Catalina le salió con un discurso sobre la libertad individual y el derecho de una mujer de compartir su intimidad con su familia. Para Hera, cosas de adolescentes. Las brujas que escuchaban su voz interior sabían o deberían saber, separar los deseos del ego de los asuntos importantes, que son aquellos que no se pueden controlar. 

El sol se ocultaba tras gruesas nubes mientras se internaba en la calle Uruguay, un poco más desierta que la avenida. Al llegar a la entrada del viejo edificio con problemas de humedad, muy descuidado y descolorido por el paso del tiempo, presionó el timbre aguardando la respuesta de su hermana menor. El corazón le latía con fuerza, eso indicaba que su aguda intuición le avisaba que algo iba mal. La expresión facial de Hera debió de ser de auténtico terror para que los cartoneros que revisaban la basura de la mano de enfrente la miraron atónitos.

- Señora ¿Se encuentra bien?- 

Hera tardó en reaccionar pero con una leve sonrisa les agradeció el gesto. Se oyó el click del comunicador y una voz femenina conocida pero muy apagada, preguntó qué quería. 

-¡¿Venus?! Soy Hera, abrime.-

Silencio sepulcral. 

Otra vez el click del comunicador. Hera aguardó el segundo más eterno de su vida. Finalmente lo que sonó fue la puerta y Hera pudo entrar en el lugar. Caminó por el oscuro pasillo hasta la última puerta, lo que ahora era el hogar de su hermana. 

La puerta del departamento estaba levemente abierta. Las pulsaciones subieron y avanzó con cautela. La sala de estar con la cocina era un desastre, todo desparramado, ropa tirada por el suelo, sobre los muebles. Un olor nauseabundo inundaba el ambiente y las ventanas estaban tapiadas desde adentro. Hera buscó el interruptor aunque cuando encendió la luz no hubo gran diferencia. Avanzó por el lugar hasta el dormitorio, Venus se encontraba hecha un bollito, sentada sobre el piso con los pies descalzos y el pelo revuelto. A Hera se le encogió el corazón y corrió a abrazar a su hermana. Nunca la vio en un estado tan deplorable. Como pudo la tomó entre sus brazos para llevarla a la cama.

-¡No!- aulló Venus. Hera pensó que estaría lastimada y sin querer le había tocado la herida. 

-Al dormitorio no- susurró con firmeza. La hermana mayor dudo un segundo de la cordura de su hermana, la llevó hacia la sala de estar para recostarla en el sillón.

-Quédate acá- le dijo con ternura y se dirigió sola hacía la habitación. 

Definitivamente el olor a podrido provenía de allí. Hera temió lo peor. Cuando encendió la luz, sobre la cama de dos plazas había algo en estado de putrefacción. Pensó en un perro pero aquello no tenía cuatro patas, ni cabeza. Era algo deforme, algo que en ese estado era difícil de reconocer. Miro alrededor pero no vio ningún había rastro del novio. 

Le sacó una foto con el móvil y se lo mandó a Artemisa para que averiguara qué era mientras ella intentaba poner a Venus en condiciones. Tomó un par de prendas abrigadas del ropero, cerró la habitación con llave y ordenó como pudo la sala de estar mientras calentaba agua para un té.

Su hermana tiritaba de frío. Después de beber la infusión, se quedó dormida y Hera aprovechó para ir a la farmacia a comprar un termómetro y una aspirina. No estaba de acuerdo con la ingesta de químicos, prefería preparar un brebaje ella misma pero allí no había nada, ningún tipo de hierbas. ¿A dónde habían ido a parar los instrumentos de bruja? Es como si ese departamento no fuera la nueva casa de su hermana. Era la casa de una desconocida. 

¿Todo esto en menos de siete días? ¿Cómo era posible? 

Controló sus pensamientos para ocuparse de la prioritario. Cuando volvió de la calle, Venus seguía dormida, le puso el termómetro debajo de la axila cuando el móvil sonó. Era una llamada entrante de Artemisa.

-¡¿Qué le hizo?! ¡Yo sé que fue él! ¡Lo voy a matar!- 

-Artemisa, con esos gritos no ayudas a nadie. Necesito que controles tu temperamento y me ayudes a trasladar a Venus. ¿Tenes algún amigo con auto?-

 

En menos de una hora Cristian las esperaba con su Fiat Cronos azul. 

-Soy amigo de Artemisa- se presentó. Juntos cargaron a Venus hasta el asiento trasero y salieron de allí como rata por tirante. 

Al llegar a la casa familiar, a unos veintiocho kilómetros del centro de la ciudad, recostaron a Venus en la cama de Hera, preparada por Artemisa en la planta baja. 

Catalina se encontraba en la escuela, cursaba su último año de secundaria. No estaba desayunada de los recientes acontecimientos. 

Ya sentados los tres en la mesa de madera de la cocina comedor, husmearon el libro que Artemisa dejó abierto de par en par en donde había una ilustración de una ofrenda, muy similar a lo que Hera vio en la cama de Venus y su novio. 

-¿Qué es?- Quiso saber Cristian.

Hera lo miró con desconfianza, no le gustaban los intrusos y menos ante situaciones raras. Como bruja era lógico tener reservas, Artemisa solía ser muy abierta y no medía consecuencias cuando entablaba vínculos con los de afuera. Cristian se veía joven pero tenía un aire solemne que la hizo sospechar que tenía más edad de la que aparentaba. 

-Es un conjuro de magia negra que se utiliza para invocar a una entidad del bajo astral.-

-Pensé que la magia no era ni blanca, ni negra.- dijo Cristian con asombro.

Hera volvió a mirarlo. ¿Cuanta información le habría dado Artemisa? 

- La magia no tiene color pero las personas sí. O al menos hace siglos así lo creían. La magia negra tiene que ver con hacer el mal. La blanca con hacer el bien y la roja con el sexo.-

- Es un poco más complejo que eso- acotó Hera -Pero como no viene al caso, está... aceptable-

Artemisa puso los ojos en blanco. Detestaba cuando su hermana se ponía en esa postura de maestra ciruela.

-Ustedes que la conocen ¿Creen que fue contra Venus? Quizás el novio estaba metido en algo raro...-

La hipótesis de Cristian podría tener algo de verdad porque conociendo a la rosada Venus y sus pociones para el amor y la armonía, era prácticamente imposible que se pusiera hacer algo así. Si bien no era la peor magia negra del mundo, no era algo sencillo, ni muy suave tampoco.

-Podría ser ¿En dónde está el novio?- gruñó Artemisa.

Hera negó con la cabeza mientras visualizaba "eso" pudriéndose sobre las sábanas de seda. 

-Vamos a buscarlo.- Sentenció.

 

Para cuando el sol empezó a bajar, Venus ya había despertado aunque no había podido hablar con claridad. No tenía fiebre y si bien no le dolía nada, parecía anemia. La llevarían a una guardia para que le hicieran análisis de sangre. En paralelo, Catalina regresó de la escuela y se enteró de lo ocurrido. Necesitarían de ella y sus habilidades para encontrar al novio desaparecido, quién sabe dónde. 

-Ni hablar. No te voy a poner a correr ese riesgo. No estamos seguras de nada.- le dijo Hera a su sobrina.

- Al seguro se lo llevaron preso, tía. Yo puedo ayudar, sabes que con mis habilidades de médium puedo encontrarlo más rápido.-

-Más rápido no es más seguro. Las prisas no son buenas consejeras.- replicó Hera. 

-Que tontería, eso es porque todavía no confías en mí. Después de todo lo que pasó.- Catalina se quedó al lado de Venus tomándole la mano hasta que se la llevaron al hospital para hacerle análisis en el auto de Cristian. 

 

Cuando se quedó sola en la vieja casa familiar, sabía a la perfección lo que tenía que hacer. Lo había hecho en el pasado y ahora se sentía más segura. Fue derecho al baño del primer piso, llenó la bañera con agua tibia a la cual roció con sales y minerales invocando protección. Descalza se metió dentro, sentada, mojada hasta la barriga.

Sus ojos se pusieron en blanco, ahora no veía nada de este mundo pero tenía acceso al otro, al más allá.

El más allá es lo más parecido a un sueño. Uno sabe que está vivo pero la realidad es difusa y los límites no están claros. La intuición está afilada, uno sabe cosas sin ningún tipo de lógica o razón. Reconoce quién lleva máscara y quién es auténtico. 

-Yo te invoco Neptuno para que levantes el velo de la mentira y el engaño se termine.- Pronunció con voz alta y clara mientras la acompañaba un sentimiento de certeza.

Ingresó a lo que parecía una calle de la ciudad, todo estaba cubierto por una neblina densa. Las sombras de los transeúntes que caminaban por las veredas murmuraban palabras ininteligibles. Catalina caminó alerta guiándose por su intuición, haciendo caso omiso de lo que sus ojos y oídos podían detectar. Estos sentidos en el más allá son fatalmente influenciables por fuerzas oscuras. Entonces divisó con su olfato un olor a podrido que le dio arcadas. Aunque sabía que era como un sueño, el hedor estaba dentro de él, no en la realidad de su baño en donde se encontraba ahora su cuerpo en trance. El edificio de donde provenía se encontraba deteriorado, como si fueran las ruinas de lo que alguna vez fue. Tenía la certeza, a pesar de no conocerlo en persona, que allí, en la planta baja, su tía Venus convivía con su pareja. Si bien su tía Hera no había dado detalles sobre lo encontrado en la habitación, ella sabía que algo maligno acechaba en un rincón de esas cuatro paredes. 

- Maleficio- dijo en voz alta.

Cuando se acercó a la puerta principal una fuerza siniestra la empujó hacia fuera, bloqueando el paso. La pestilencia se hizo más pronunciada al punto de que no la dejaba respirar. Tuvo que interrumpir el trance, abrió los ojos y vomitó sobre la alfombra de baño. 

 

Venus quedó internada, estaba anímica y deshidratada. Artemisa se quedó a cuidarla, mientras Hera volvía del hospital con Cristian. Al entrar en la casa, Catalina esperó paciente a que Hera se fuese a bañar para poder hablar a solas con él. 

-Necesito que guardes silencio y me ayudes. Tengo que ver el edificio.-  

El hombre alzó los brazos para defenderse.

-No me quiero meter en problemas, sos menor de edad. Tu tía me mata si te pasa algo.-

La adolescente sabía que sus razones eran válidas por lo que tuvo que pensar en otro plan. La excusa del colegio y sus aburridos trabajos prácticos era la opción segura, aunque debería esperar al día siguiente para que fuese más creíble. 

Cuando Hera salió del baño con uno de sus largos vestidos oscuros, preparó té para los tres.

-Cristian, estamos muy agradecidas por tu ayuda, podes irte a tu casa cuando gustes.-

Él quiso protestar y decir que ya estaba involucrado pero ella no lo dejó hablar:

-Catalina, voy a ir al hospital así pasó la noche con Venus y Artemisa puede venir a descansar. Necesito que vayas a la escuela mañana y vemos si la visitas después de clase. Antes que digas nada, no estoy de humor para discutir.-

La adolescente sabía que tenía que fingir estar enojada pero le venía al pelo para faltar al colegio y continuar con su idea. 

A la mañana siguiente, Artemisa todavía dormía cuando Catalina salió con su mochila y el uniforme para viajar a la ciudad. Se tomó el tren hasta Belgrano y de ahí el subte D hasta Callao en donde caminó varias cuadras hasta el deteriorado y apestoso edificio en cuestión. Había tomado la llave de su tía y cuando se disponía abrir la puerta de entrada, unas manos la tomaron por los hombros y la jalaron hacia atrás. Catalina ahogó un grito y suspiró aliviada cuando vio que era Cristian:

-¿Qué haces acá?-

-Te dije que tu tía me mata si te pasa algo. Yo también fui adolescente.-

-¿Te viniste hasta acá solo porque tenias la sospecha?- preguntó ingenua la adolescente.

-Tuve que hacer un trámite por trabajo acá cerca y aproveché. Yo también quiero ver que encontraron.-

Ambos entraron, caminaron por el pasillo de la planta baja hasta el último departamento. Tuvieron que taparse la nariz con las mangas, el olor a fétido iba empeorando. Era extraño que ningún vecino hubiera protestado aún. 

Cristian abrió la puerta del dormitorio con el pie, no quería tocar nada con sus manos. El pedazo de quién sabe qué seguía sobre la cama, negros con moscas empollando sus bebés en él. Catalina apretó el interruptor de la luz pero la lamparita estaba quemada. 

"Con la energía nefasta que hay en este lugar no me extraña que todo se queme o se rompa" pensó para sí misma.

Sacó su móvil que tenía linterna y comenzaron a revisar los cajones de las mesitas que ocupaban su lugar a cada lado de la cama. No había nada fuera de lo normal, eso lo pareció muy raro ya que su tía era bruja y era común tener amuletos de protección bajo la almohada, bajo el colchón, sobre la cabecera o en su defecto, en el cajón. Siempre estaban cerca. Tampoco vio ningún atrapa sueños. ¿Qué estaba pasando?

Cristian abrió las puertas del placard de madera, a simple vista solo se veían perchas con ropa de hombre y mujer, nada extraño, pero cuando golpeó la pared del fondo porque tropezó sin querer, con una bufanda tirada en el piso, se dio cuenta que era un fondo falso. 

-Acá hay algo.- 

Catalina alumbró el lugar señalado y el hombre intentó buscar algo para abrirlo. Fue más maña que fuerza, con unos leves golpecitos el fondo de madera cedió dejando paso a una abertura en la pared que daba a un túnel subterráneo. 

-Tendríamos que llamar a la policía- la voz de Cristian detonaba miedo.

-La policía se ocupa de asuntos de gente común, no se meten en cosas de brujas.- 

Catalina lo sabía muy bien, todo el altercado del Halloween del año pasado había sido un golpe de realidad cuando sus hermanas y la abogada tuvieron que disfrazar los hechos para dejar a la Justicia tranquila. Nadie quería creer, todo quedaba a resumido al famoso dicho: Las brujas no existen pero que las hay, las hay.

-Entonces tendríamos que avisar a tus tías.- pidió Cristian, casi como súplica.

-Mis tías están ocupándose de la recuperación de Venus. Esto corre por nuestra cuenta.- 

Cristian utilizó la escasa señal de Wifi que tenía su móvil para programar un mensaje con la dirección, la explicación, en caso de que no salieran con vida o lo que fuera. Si en media hora no cancelaba el mensaje, este se enviaría automáticamente al número de Artemisa. 

-Ahora sí, vamos.-

Y los dos bajaron despacio por el túnel, solo usando la luz de la linterna.

 

En el hospital, Venus abrió los ojos, se incorporó y gritó:

-¡Catalina!-

 

Catalina y Cristian caminaron varios metros, el mal olor había quedado atrás y lo que sentían ahora era la humedad que se les colaba por los huesos. Una leve luz se veía a lo lejos, sus pulsaciones se aceleraron y se arrimaron el uno al otro buscando protección. La adolescente recitó en un murmullo oraciones de protección, fuerza y valor y visualizó un halo de luz blanca envolviendo tanto a Cristian como a ella. 

Se oyó un ruido seco, de algo que cayó sobre el suelo y ambos se sobresaltaron. Sin darse cuenta habían acelerado el paso, al encuentro del misterio que los aguardaba metros adelante. 

Al llegar se toparon con una pared de ladrillos en donde parecía finalizar el túnel. Entre los ladrillos había velas encendidas, algunos símbolos extraños que Catalina no reconocía, los huesos de una paloma y la foto de Venus con los ojos tachados y una palabra escrita sobre sus labios. Cristian le sacó varias fotos cuando sonó la alarma del móvil.

-¡Mierda! Ya pasó más de media hora. El mensaje se debe haber enviado a Artemisa.- 

-No hay Internet acá abajo.- masculló Catalina.

-Lo programé desde mi correo electrónico, no es necesario que mi móvil tenga Internet.- 

La adolescente puso los ojos en blanco y los dos corrieron a la salida, ya tenían material que investigar. Cuando llegaron, la misma estaba cerrada. Por más fuerza que hicieron no podían escapar, estaban atrapados. La única esperanza ahora estaba en manos de Artemisa.

 

-¡¿Qué?!- gritó enojada Hera. Su sobrina lo había vuelto a hacer. Se sentía decepcionada otra vez. Con razón no había puesto resistencia cuando la mandó a clase, claro, era esto lo que planeaba. Si no hubiera estado preocupada con Venus, se lo habría visto venir. 

-Yo me encargo- dijo Artemisa.

-No podes ir sola, es muy peligroso. Voy a llamar a mamá para que cuide a Venus. Me va a matar otra vez por no contarle todo desde el principio.- Se agarró la cabeza preocupada. Madame Petite detestaba que no la hicieran parte cuando estaban en apuros. Se tendría que aguantar los retos de su madre a pesar de la edad. Cosas de todos, no sólo de brujas.

 

Cristian estaba pálido, no sabía que tenía claustrofobia, jamás había quedado encerrado en ningún lugar. Catalina intentó hacerle imposición de manos para ayudarlo a respirar y mantener la calma. Miró la pantalla de su celular que marcaba baja batería; habían estado encerrados poco más de dos horas. 

Un golpe sordo al otro lado la sacó de su ensoñación. Cristian se abalanzó a la salida como si fuera la primera vez en mucho tiempo que respiraba. La luz de una linterna los iluminó, allí estaban sus dos tías listas al rescate. 

Catalina salió del túnel con la mirada baja, sabía lo que se venía: si Madame Petite retaba a Hera, Hera retaba a Catalina, era la rueda de siempre.

Artemisa le dio una cachetada a Cristian. Tía y sobrina se miraron, estaban acostumbradas a su carácter impulsivo. Rojo de la vergüenza el hombre salió de las instalaciones con el rabo entre las patas. 

La adolescente estaría castigada durante dos semanas sin acceso a Internet y tendría que ayudar con los quehaceres de la casa sin excusas. 

Tras dos días internada, Venus comenzó a mejorar y volvió a la casa familiar. Aún faltaba que hablara y explicara qué pasó esa semana en donde estuvo incomunicada. Las hermanas limpiaron el departamento y congelaron lo que no tenía nombre, lo necesitaban como evidencia y para descubrir qué era. El altar fue exhumado y el maleficio revertido. 

El novio seguía sin aparecer aunque la sospecha que cobraba fuerza era que no lo volverían a ver.  

¿Quién podría querer hacerle daño a Venus? O... ¿Ella sería sólo un mensaje? 

Preguntas sin respuestas. Tendrían que dejar el rol pasivo y empezar a investigar en la comunidad de brujas, esto merecía toda la atención. 

 

 

Autor: Victoria Marañón Rodríguez