8.Bernardette


Isis Astarte Diana Hecate Demeter Kali Innana

 

El bosque espectral hincaba sus raíces en el lugar más profundo de la tierra hasta fundirse con la negrura del cielo. El cántico de las hermanas caídas inundaba la fría noche otoñal con un aroma que embargaba las fosas nasales de todas las presentes. Unidas eran fuertes. Divididas estaban destinadas a perder. La naturaleza no perdona a aquellos que rompen el balance. Todo tiene su lugar y su tiempo.

 

Isis Astarte Diana Hecate Demeter Kali Innana

 

Parecía un cuadro lúgubre con las hojas amarillas cubriendo gran parte del suelo. Las amplias túnicas oscuras las arrastraban en plena procesión. 

Las siluetas se movían en silencio entre los árboles ignorando el crujido de las ramitas bajo sus pies. El foco estaba en las voces, sus voces, las de las que ya no están. Los grillos no cantaban, los mosquitos huían. No había ningún animal cerca. 

Era la luna nueva, se manejaban energías de alta intensidad. Habían conjurado y no había marcha atrás. Lo hecho, hecho está.

 

 

 

Era peligroso usar la escoba cerca de la ciudad pues los satélites estaban "más despiertos" así que tuvo que alquilar un auto para recorrer los setecientos kilómetros que la separaban del complejo Bernardette. 

Hera dejó la contabilidad de la tienda en manos de su hermana menor. 

Catalina le pidió acompañarla pero las clases habían comenzado ya y no podía faltar a la escuela.

Venus presentaba una mejoría bien marcada, había empezado a trabajar con las infusiones otra vez. Eso para su familia era sinónimo de recuperación clave, era archiconocido el amor de la bruja por el té. 

Hera armó su pequeña valija con ayuda de su sobrina, llevaba poca ropa, no pensaba quedarse demás.

Partió un sábado temprano tras despedirse de todas la noche anterior. Habían organizado una cena como preludio al ritual de protección. No sabían que peligros acechaban en el complejo, el novio de Venus no aparecía y la investigación no había avanzado mucho. Debía ir con cautela. 

Cargó combustible antes de salir de la ciudad de Buenos Aires. La autopista estaba tranquila, así era más fácil conducir algo que ya de por sí no le agradaba a Hera. 

Tras un largo recorrido, frenó en un local de comidas para recargar batería. El café de ese lugar era espirituoso. Las nubes que escondían al sol iban poco a poco desapareciendo para dar paso al celeste de la mañana.

 

Cerca del mediodía Hera llegó a Bernardette. El viejo portón de hierro forjado estaba abierto de par en par dejando piedra libre para el camino asfaltado que conducía a la vieja mansión que ahora servía a las brujas. Originalmente había sido construida por una familia de la aristocracia argentina que la usaba ocasionalmente para descansar o huir de la fiebre amarilla que terminó con sus vidas en el año 1871.

Después de años de abandono y ostracismo, un empresario conocido la compró por muy poco, la restauró manteniendo la fachada original, pero un golpe a sus finanzas lo lanzó al abismo y acabó con su propio vida en uno de los dormitorios de la planta alta, atando una soga a las vigas del techo. Es entonces cuando apareció Olga Bernardette, una madama de la ciudad que había enviudado joven y hecho su propia riqueza con el burdel. El secreto detrás es que utilizaba la casona para albergar a mujeres desgraciadas; madres solteras, separadas, huérfanas, pobres o que huían de sus maridos violentos.

Una noche invernal una joven tocó a la puerta suplicando por un plato de comida y un lugar cálido para recuperarse del frío. Olga le dio un lugar sin dudarlo, ofreciendo trabajo a cambio de alimento. Lo que Bernardette no sabía es que era un verdadera bruja y así como ocurrió en el cuento de 'La bella y la bestia' con la hechicera que maldijo al príncipe malcriado, está mujer invocó a la Gran Diosa para que la bendiga por tanta generosidad innata.

Así fue. Así ocurrió. La abundancia llegó a sus vidas y en primavera todas empezaron a trabajar la tierra mientras criaban sus propios animales. La bruja les enseñó a comulgar con la naturaleza iniciándolas en las artes esotéricas, educando a las más pequeñas en el credo de la Diosa. 

Algunas prosperaron tanto que decidieron irse para transitar un camino en solitario, otras vivieron y murieron allí como Olga, a quien le siguen rindiendo tributo cada año que pasa desde entonces. En su honor, el complejo lleva su apellido que era el de su madre soltera.

 

Hera entró en la casona por la puerta principal, recorrió la sala de estar y la biblioteca, pero no encontró a ninguna bruja. Luego se dirigió a la cocina de donde provenían sonidos de la cuchilla cortando vegetales y saludó a su vieja amiga Florencia alias 'Madame Dolly'. La mujer había pasado ya la cuaresma y su pelo claro dejaba ver sus canas con orgullo. El abrazo entre las dos fue inevitable y pronto los recuerdos afloraron como lágrimas que recorrieron las mejillas de ambas.  Tantos años habían transcurrido desde la última vez que se vieron aunque tenían la sensación de haberse separado tan sólo hace unas horas. 

El lugar era muy amplio con ventanales que daban al verde jardín con parte de la huerta. Una mesa de algarrobo atravesaba el espacio conteniendo pilas de verduras para picar. Sobre la pared del fondo estaba el horno a gas, la bacha y la puerta a la cámara de refrigerios construida hace décadas. Dos finas arañas colgaban del techo, gentileza del dueño anterior.

Hera habló sin tapujos poniendo al tanto de la ocurrido a su amiga quien no dudó en prestar su ayuda tan pronto como lo solicitase. "Pasan cosas raras" fueron la exactas palabras utilizadas por Florencia en referencia a los últimos acontecimientos en Bernardette, pero fue interrumpida por Madame Fresa, una bruja de unos cuarenta y tantos años sin sentido del humor con pésimo gusto para la comida. Ya habían tenido varias disputas por temas dispares así que la relación entre ellas era notablemente tensa. 

Hera se presentó a Madame Fresa solicitando una reunión con la comitiva para ponerlas al tanto del sentido de su visita. La bruja accedió pidiendo esperar a la tarde, una vez finalizada la clase. 

 

 

Artemisa parecía una fiera enjaulada caminando de un lado a otro mientras bufaba. Catalina realizaba los ejercicios de matemáticas para el colegio de muy mal humor, primero porque no pudo acompañar a su tía, segundo porque su otra tía estaba insoportable y su tercera tía, Venus, estaba con un brote de inspiración usando toda la cocina comedor para uno de sus experimentos. La mezcla de aromas que había en la casa activaba el sexto sentido de la bruja más joven impidiendo la concentración en su tarea.

-Querida, tenes escritorio en tu cuarto- le sugirió Venus quien no dejaba quieta sus manos probando sabores y tomando notas para su recetario.

Catalina la miró con mala cara y metió la nariz en el libro otra vez. 

-Huelo algo turbio- dijo Artemisa enérgicamente.

-Espero que no te refieras a mis infusiones creativas- le sonrió Venus pero pronto captó que el horno no estaba para bollos. 

-¿Por qué no les preparo...?-

-¡No!- gritaron al unisono Catalina y Artemisa.

-No iba a decir té, iba a decir galletitas de avena-

Hubo una pausa, un suspiro y al mismo tiempo:

-¡Sí!- 

 

 

Finalizada la reunión, Hera fue conducida hasta la habitación de huéspedes que contaba con dos camas de plaza y media. Como era la única visita por el momento no tendría que compartir el espacio y contaría con privacidad suficiente para atender el asunto. Así lo llamarían de ahora en más 'el asunto'.

Por la noche, Florencia y Hera tomaron una copa de coñac sentadas en el jardín circular ubicado en la parte trasera de la casona con vista a la huerta y al cielo estrellado que ya dejaba ver una incipiente luna. 

Los perros de Bernardette, Cajún y Febo ya dormían plácidamente junto a sus dueñas, pero los gatos Osiris, Anubis y Thot recién se habían levantado hace par horas por lo que jugaban mientras buscaban presas que cazar.

Florencia o Madame Dolly como la conocían las estudiantes, le confesó que había una adolescente en particular que tenía por momentos un semblante siniestro. Hera recordó el episodio con Catalina en donde la usaron como canal sin siquiera preguntarle. En ese entonces se enfocó en contener a su sobrina y poco investigó sobre la que ideó el plan.

El nombre de la chica era Anastasia, tenía una fuerte influencia sobre sus compañeras a las que muchas veces les ordenaba que hicieran tareas por ella.

-Tuvimos que bajarle los humos- confesó la cocinera. 

-¿No fue ella quien...?-

-Sí, claro, convenció a las otras de realizar el ritual para hablar los difuntos sin usar el consentimiento de tu sobrina. Esa vez estuvo castigada pero hubieron otros episodios en el medio. Las otras creen que estoy siendo desmedida y que le tomé idea pero a mí no me gusta. Un halo oscuro hay a su alrededor, está en algo aunque no puedo percibir qué-

 

Aunque era tarde, Hera llamó a Artemisa para pasarle las novedades y pedirle que hablara por la mañana con Catalina. Cualquier información sobre la adolescente les podía servir. Habría que proseguir con cautela eso sí, ya que se trataba de una menor de edad y las brujas no estaban exentas de las leyes del país en el que habitaban pero aún así no podían quedarse con la duda. 

 

En Bernardette reinaba el silencio, incluso los gatos dormían cada uno en un sillón distinto de la vieja biblioteca. 

Hera despertó agitada de una pesadilla en donde Catalina le gritaba que despierte, que el momento era ahora. La bruja se levantó de la cama para vestirse rápidamente y salir al encuentro. Era sabido que las brujas se comunicaban en sueños, pues estos no son meras fantasías que esconde el inconsciente sino conductos con mundos invisibles. 

Sintió el frío del exterior como un golpe. Atravesó el patio de adoquines hacía la huerta. A lo lejos diviso un grupo de personas que no eran otras que las adolescentes en cuestión. No llegaba a verles los rostros porque traían capas oscuras pero estaba segura.

La embargó un miedo repentino, no traía nada consigo para protegerse. Ningún talismán, ningún amuleto. Avanzó sin mirar atrás intentando ignorar los malos pensamientos que le asaltaban la mente llenándola de dudas. 

Las adolescentes desaparecieron entre los árboles. 

Hera oyó una voz dentro de su cabeza "yo te protejo”.

¡Su sobrina que se encontraba a más de setecientos kilómetros de distancia y ahora estaba conectada a ella!

A Hera se le infló el pecho de orgullo y siguió adelante con cautela hasta internarse en el bosque. No había sonido más que el de sus propios pasos y respiración. Su corazón golpeaba con fuerza. No recordaba la última vez que había sentido este nivel de miedo, ni siquiera cuando se enfrentaron todas juntas al Ente, pues tenía una idea aproximada y mucha fe en el poder de sus hermanas. Esto era distinto, se sentía amenazada pero no podía distinguir a su enemigo, corría con desventaja. 

Algo entre los troncos de los árboles se movía a gran velocidad, como una sombra que iba y venía. Hera supo que querían acorralarla, posiblemente para que quedara en el centro de un círculo ritual. Intentó concentrarse a pesar del miedo latente para transmitirle esto a su sobrina mientras hacía símbolos en las palmas de sus manos invocando a las diosas.

-Isis señora de las estrellas. Astarte dama del amor.- pronunció las palabras casi en un susurro.

La sombra se hizo más densa. Hera pudo distinguirla mientras iba de un lado al otro aunque seguía sin reconocer la silueta.

-Diana protectora de las pobres y ausentes.-

El sonido de una rama quebrándose bajo el peso de unos pies la hizo girar sobre sí. Llegó a ver la capa oscura junto antes de ocultarse detrás de un tronco.

-Hecate guíanos en la oscuridad.- pronunció la oración con más seguridad y la voz de Catalina en su cabeza la secundó. Ya eran un dúo.

-Demeter conectanos con nuestra Madre tierra.- y se agachó para apoyar ambas palmas de las manos sobre el suelo de tierra fría. 

Algo similar a la electricidad recorrió sus manos para avanzar sobre sus brazos copando toda la caja torácica, era como si una fuerza la sacudiera desde las entrañas.

-Kali destruye nuestro temores-

Detrás de Hera las adolescentes se agrupaban con sus rostros cubiertos por la sombra a la que le rendían pleitesía.

-Innana ensañanos a amar.-

Hera se incorporó, alzó las manos con las palmas hacía fuera y se dio vuelta para enfrentar al coven. Sus manos se habían convertido en dos catalizadores de luz.

Algunas brujas se taparon el rostro con sus brazos, otras utilizaron las largas capas, todas gemían de dolor. La luz les provocaba ardor.

-¡Detente!- gritó una voz femenina distorsionada.

Hera bajó las manos y apuntó con ellas al suelo. El grupo se abrió y Anastasia salió a su encuentro descubriéndose la cara para mirarla a los ojos.

-Catalina, nos volvemos a encontrar. Aquí conmigo- Se señaló el pecho - hay alguien que te extraña y que quiere volver a verte.- 

 

 

Continuará

 

 

Autor: Victoria Marañón Rodríguez