3 AM


 

Atormentada por la muerte de su padre, Karina despertaba abruptamente todas las madrugadas desde entonces. En sus sueños, caminaba por el pasillo que conducía desde el ala de los dormitorios hasta la cocina comedor, persiguiendo el fuerte ruido que producían las persianas al golpear contra la pared, producto de la tormenta eléctrica que se desarrollaba en el exterior. 

Al llegar al comedor, los rayos iluminaban el lugar en penumbra a través de los dos ventanales vidriados que daban al verde jardín, ahora caótico por los vientos huracanados. Cuando atravesó el umbral de la puerta que comunicaba a la sala de estar, vio la sombra de un extraño que caminaba de un lado a otro pisando la alfombra persa, herencia de su abuela materna. Ella sabía que esa sombra no estaba allí y también sabía que aquello era un sueño, que nada de eso era real, a pesar de que sentía el piso frío bajo sus pies descalzos. A pesar de sentir una gota de sudor atravesando su espalda. Y a pesar de que el extraño la miró con sus rojizos ojos y le habló sin poder distinguir una palabra de lo que decía. Era entonces cuando despertaba con un dejo de desesperación por no poder captar el mensaje. 

Miró su reloj despertador: 3 AM. Se levantó de la cama empapada en transpiración para tomar agua fresca en la cocina. Su departamento de lujo estaba ubicado sobre la avenida Libertador y consistía en tres ambientes amplios y luminosos, mientras que el lugar en donde transcurrían sus pesadillas era en el viejo caserón que usaba su familia para veranear. 

Mientras bebía agua de la fría botella de vidrio, recordaba su último verano allí. Era una adolescente de catorce años con piernas flacas, contenta de menstruar por primera vez. Todas sus compañeras de Instituto ya estaban desarrolladas, eso la hacía sentirse como el patito feo. Ahora podría presumir una vez al mes que no quería nadar en la piscina o usar pantalones claros, sentirse mareada o con dolor de panza, podía ser igual a las demás. Su padre le había regalado un vistoso ramo de rosas que irradiaban perfume como ella irradiaba felicidad. Su madre le había comprado sus primeras toallitas femeninas y le había mostrado como usarlas. 

Corría por la playa con su shorcito de Jean, el pelo suelto al viento y la sonrisa pintada. 

Al volver al presente cayó en la cuenta de lo mucho que había cambiado todo desde entonces. Su padre estaba muerto, su madre se había vuelto a casar y vivía en Italia. Su hermano, Horacio, había formado familia en Sydney, Australia, mientras que el mayor de todos, Facundo, vivía con su novio en Japón. Ella estaba sola, su última relación había terminado ocho años atrás. Ocasionalmente salía con algún extraño que le presentaban sus amigos, o que conocía en salas de chat, pero nada digno de ser memorizado. Se dedicaba a su trabajo. 

Acumular riquezas la hacía sentir segura. Ya no quería estar así, quería poder abrirse con alguien, ser más confiada con un otro, aunque sabía que las personas no cambian, por más esfuerzos que se hagan. Al final, eventualmente, sólo producen dolor y desasosiego. 

Un ruido estruendoso la sacó de su letargo, provenía del balcón. Una maceta se había estrellado contra el piso. La tormenta se desataría en breve. El viento rugía con furia, a lo lejos se oían truenos, parecido a sus sueños. Si tan sólo estuviera en el caserón familiar, cerca de la playa. Abrió su laptop y escribió un correo a la oficina, a su secretaria. Se tomaría el resto de la semana por cuestiones personales. Devolvería llamadas y correos de suma urgencia solamente. 

Abrió la maleta para guardar un par de blusas, traje de baño y otros accesorios. Conduciría a través de la tormenta, necesitaba un plan de acción. Unos días fuera de la ciudad renovarían su espíritu. Se dio una ducha y salió. Conducir varias horas despejaría su mente ya que no solía dormir después del sueño. 

Cuando salió por el acceso de la ciudad tomando la ruta principal hacía destino, se desató el aguacero. Tuvo que estacionar en una cafetería 24 horas para esperar a que calme el temporal. Dos cafés después, a las seis de la mañana pudo retomar el viaje.

Al caserón arribó a las nueve de la mañana. La arena cubría el porche y las escaleras principales. Bajó del auto y fue directo al cobertizo, en la parte trasera, para accionar la palanca que daría electricidad al lugar, además de abrir el paso del agua y el gas. 

Colocó las llaves en la ranura de la puerta de entrada, las giró y una ola de recuerdos inundó su mente. Tuvo que tomar aire y respirar hondo. El ambiente olía a humedad mezclado con arena y Mar. El moho se colaba por las paredes blancas. El mobiliario estaba registrado bajo mantas claras, agujereadas por las polillas. Levantó las persianas dejando entrar el aire caliente. La tormenta llegaría pronto, como si la siguiera desde la ciudad sólo que ella había sido más veloz. 

Enchufó la heladera dándose cuenta que no tenía provisiones; tendría que ir al pueblo para abastecerse. 

No fue a las habitaciones, no estaba preparada para atravesar el largo pasillo. Los recuerdos golpeaban sus sienes, tendría que hacer una parada en la farmacia.

 

Al regresar se instaló en la sala de estar, dormiría en el sillón cama ubicado en un rincón, con el resto de sus cosas. De momento solo usaría la cocina, el baño y la sala, no atravesaría el pasillo, no iría a los dormitorios, no estaba lista. Por suerte, había empacado una novela romántica que la ayudaría a entretenerse mientras tomaba coraje. El resto del día transcurrió tranquilo. Se preparó una ensalada liviana para cenar, se lavó los dientes y se acostó a dormir. 

Un golpe la despertó. Abrió los ojos sintiendo el corazón desbocado en el pecho. Le llevo unos minutos darse cuenta en donde estaba: la casa de veraneo familiar. Busco a tientas en la oscuridad, el interruptor del velador. Cuando encendió la luz, vio una sombra masculina proyectada en la pared. Pegó un grito haciendo un paneo general con la mirada. Se levantó y recorrió el lugar. No había nadie. Llegó hasta la entrada del pasillo. Las puertas de los dormitorios permanecían cerradas tal como estaban desde la última vez que se usó el lugar. No quería mirar. Se sentía una cobarde, había recorrido kilómetros para confrontar sus demonios y allí estaba, asustada como una niña pequeña. "La niña de papá" pensó.

Fue a la cocina para prepararse un café, no pegaría un ojo por el resto de la noche. Buscó en su bolso el reloj de mano: 3:05 AM

Siempre a la misma hora, en el mismo lugar, solo que en ese momento era real. Estaba viva. ¿Estaba viva? Repasó sus últimos años: el trabajo constante, la falta de amigos, la distancia emocional que le ponía a todo el mundo. Eso no era vivir. 

Cuando el sol salió por el horizonte, Karina se quedó dormida. 

Se despertó fatigada varias horas después. Tenia hambre y dolor de cabeza. Cuando se sintió mejor, salió de la casa para caminar por la playa.

 

El golpe la despertó. 3 AM marcaba el reloj del teléfono móvil. 

Era el ruido de una de las puertas que se cerraba. ¡Ese era el golpe que oyó la noche anterior! Ahora lo reconocía. Una de las habitaciones... 

¿Cuál sería? ¿La que usaban sus padres? ¿La que usaban sus hermanos? o ¿La que usaba ella? 

Ya sabía la respuesta. 

Se aferró con fuerza a la sabana como si de ello dependiera su vida. Como una niña muerta de miedo. Se dio cuenta de que tendría que enfrentarlo.

"Pero no sola" pensó. 

Marcó en su móvil el número de su hermano Facundo, en Japón seria de día. Probablemente estaría trabajando...

"¿Hola?" respondió una voz masculina.

Karina rompió en llanto.

"¿Hola?" volvió a preguntar la voz.

"¿Kari?" 

La mujer intentó saludar pero la voz se le quebró.

"¿Dónde estas?"

"En la playa" pudo responder finalmente.

"¿En la casa? ¿Por qué? ¿Por qué fuiste, Kari?" 

Karina lloraba sin parar, hacía tanto que no lo hacía que fue como si purgara todo lo que tenia dentro. 

"No puedo más" le confesó avergonzada a su hermano. 

"Kari: no tendrías que haber ido sola. Ese lugar esta lleno de recuerdos de mierda." 

"Lo sé" respondió.

"Es que tengo sueños...Me despierto siempre de madrugada intentando recordar..." 

"¿Qué necesitas recordar, Kari?" 

"Todo" dijo ella. Aunque hasta entonces no se había atrevido ni siquiera a pensar en lo ocurrido.

"Pasaste tanto tiempo intentando olvidar. Creí que lo habías bloqueado." intentó sobornarla su hermano. 

"Recuerdo..." empezó a relatar ella tímidamente.

"¿Qué? ¿Qué recordas?"

" Mi último verano. Cuando tenia catorce años y corría por la playa feliz..."

"¿Catorce años? Karina ese no fue tu último verano. La última vez fue cuando tenias dieciséis ¿Te acordas? Papá invitó al tío Arnaldo."

Un golpe estruendoso resonó en toda la estancia. Algo se quebró. 

Un sonido similar al de una serpiente coral siseando. Las pupilas de Karina se dilataron. Abrió la boca bien grande y comenzó a chillar. Gritaba y gritaba, no paraba de gritar. Sentada sobre el sofá cama en pijama, con el móvil en la mano, el pelo revuelto, el velador encendido. Gritaba como si fuera lo último que haría sobre la Tierra. 

 

En Japón, Facundo oía a su hermana desgarrándose. Corrió al teléfono de linea, desde su oficina y llamó a la operadora para reportar una emergencia en Argentina, les dio la locación exacta y le informó breve el problema que tenia su hermana. Un ataque de nervios, quizás. Un shock emocional.

 

Karina gritaba. Otro golpe en el dormitorio.

"Nooooo"  

"Noooo"

"Nooo me vas a llevar. ¡No otra vez!"

Se levantó del sofá cama de un salto y corrió a la cocina. Tomó un cuchillo carnicero del primer cajón y caminó hacia el pasillo. Había llegado la hora. 

Un paso, luego otro, llegó a la entrada de la que había sido su habitación, al menos en los veranos familiares, hace ya muchos años. 

Empujó el picaporte y abrió de un portazo la puerta. La cama, el escritorio con biblioteca, el espejo, estaban cubiertos por sabanas blancas pero eran los mismos, los mismos que ella recordaba. Se sentó sobre el colchón cubierto de polvo, apoyando el cuchillo a un costado de su cuerpo. La cara desfigurada, empapada por su propio llanto. 

3 AM. 3 AM. 3 AM. La hora del diablo. La hora de las brujas. La hora en la que su tío Arnaldo se metía a escondidas, en su habitación ese verano. La hora de sus pesadillas. Las que estuvo bloqueando durante tantos años. Las que volvieron con la muerte de su padre. 

Su padre. Su defensor. El que entró una noche y lo vio encima de su hija, susurrándole obscenidades al oído. Su padre, el que había tomado a su hermano por la cabeza para estrellarla contra la pared. 

Karina levantó la mirada; aún se veía una mancha oscura sobre el color pastel desteñido de las paredes. 

Toc toc en la puerta de madera pintada. 

"No me vas a llevar. No otra vez"

Karina aferró el cuchillo con ambas manos y se desgarró la garganta. Mientras la roja sangre brotaba de su cuerpo, balbuceó antes de perder el conocimiento por última vez sobre la Tierra:

"No me vas a llevar otra vez."

 

Quince minutos más tarde llegaron la ambulancia y un patrullero.

Forzaron la entrada y encontraron el cadáver de Karina tendido sobre el sofá cama empapado en sangre. Nunca llegó a la habitación. 

Después de las pericias trasladaron el cuerpo a la morgue más cercana y las autoridades se pusieron en contacto con su madre y su hermano Facundo. Uno de los oficiales más jóvenes registró el lugar. No encontró nada digno de mención. 

 

 

Autor: Victoria Marañón Rodríguez

Este cuento está incluido en la antología: No vayas a Playa Muerte.