La invocación


Ailén había usado la hora libre de Informática para imprimir un ritual de una web oscura llamada "La comunidad sangrienta", en ella los usuarios subían conjuros para todo tipo de asuntos; amorosos, de trabajo, venganzas personales, curiosear con el más allá o aprobar exámenes. Le quería demostrar a Beta, que ella también podía convocar un demonio, que no era la gran proeza, sí se tenía en mano el rito correcto. Estaba cansada de que su compañera alardee de jugar a la ouija o a la copa, al anillo, al péndulo... siempre tenia una historia paranormal que contar. Al principio, nadie en el colegio le creía una palabra, hasta que empezó a develar secretos y anticipar el futuro. Una vez adivinó por completo las preguntas del examen de biología. Todos creyeron que lo había robado hasta que el profesor les confesó que improvisaba las preguntas sobre la marcha. Parecía un ínfimo detalle pero luego adivinaba otro y otro hasta volverse muy popular, no había varón o mujer que no quisieran congraciarse con Beta. Le regalaban golosinas, le cuidaban el asiento, la atendían como reina, la dejaban ganar los partidos de voleibol en educación física. Ailén no lo soportaba más, fue su mejor amiga desde primer grado pero ahora la ignoraba por completo o lo peor, no la invitó siquiera a su fiesta de invierno. ¿Fiesta de invierno? sí, hizo una ceremonia en casa de Nadia (solo porque la casa de esa era enorme) donde Beta era la anfitriona. Hubo incluso magos y una barra con tragos exclusivos para esa noche. Se enteró por rumores y cuando fue a confrontarla lo único que atinó a decir su amiga es que sencillamente se olvidó. ¿Se olvidó? eso no estaba nada bien, así que ahora era ella quien iba a conjurar, sí quería jugar sucio, jugaría sucio. No tenia miedo, bueno, quizás un poquito pero no iba a quedarse de brazos cruzados, alguien tenia que bajarla del trono.

 

Esa tarde la madre de Ailén iba a la peluquería y se quedaría sola por al menos, dos horas. Tiempo perfecto para practicar el ritual que consistía en invocar a una deidad antigua que ajusticiaba a aquellos que hacían abuso de poder. Por otra parte, los ingredientes eran de fácil preparación: tres velas rojas, un poco de mirra, un pentagrama dibujado a mano en una hoja, un muñeco y alfileres. Todo eso iba acompañado de unas palabras en sumerio, que por supuesto ella no hablaba pero la descripción incluía la traducción al español y la pronunciación del mismo. Así que volvió del colegio con todo guardado en la mochila, saludó a su mamá quien le recordó una vez más que ya se iba a la peluquería, que no le abriera la puerta a nadie, que no saliera y que cualquier inconveniente la llamara al celular. Indicaciones que la joven ya se sabía de memoria así que se preparó una rica chocolatada en la cocina, comió algunas galletitas de avena y se encerró en su dormitorio, mintiendo que tenia que terminar una trabajo práctico para Sociales. Esperó quieta sentada sobre la cama el momento en el que la madre la saludara y cerrara la puerta con llave. 

Cuando esto ocurrió, sacó rápidamente de la mochila, las velas colocándolas una al lado derecho de la cama, la otra al izquierdo y la otra de frente, las encendió. Después sacó la mirra y el muñeco que había comprado en la santería, revolvió su cajón hasta dar con los alfileres que siempre tenia a mano por cualquier cosa. Revisó la lista impresa y se dio cuenta que había olvidado un ingrediente fundamental: la sal para protegerse, así que fue a buscarla a la cocina y volvió directamente con el paquete entero (a su madre le encantaba comprar todo al por mayor, tenían siempre la despensa llena)

Con la sal tenia que hacer un circulo alrededor de la cama, ella tenia que estar dentro hasta que finalizara el rito. Se dispuso a empezar levantando los brazos y recitando en voz alta y clara las palabras escritas en sumerio, tomó un alfiler y pinchó el corazón del muñeco, tomó un segundo alfiler y pinchó la cabeza del muñeco. Se detuvo esperando una reacción del medio ambiente pero nada pasó. Silencio, bueno o los ruidos provenientes del exterior; autos, gente que pasaba, bocinas, perros que ladran. Volvió a levantar los brazos para empezar de nuevo cuando tocaron la puerta de la habitación. Dos golpes seguidos. “Mi mamá” pensó, se olvidó algo, volvió y la escuchó. 

Se levantó de la cama, cruzo la línea de sal y abrió la puerta.

-Mamá ¿sos vos?-

En el pasillo no había nadie y tampoco se escuchaban sonidos en el resto de la casa. Fue entonces cuando se dio cuenta: el ritual había funcionado. A sus espaldas, una figura esbelta la observaba detrás del cortinado de la ventana. La adolescente cerró la puerta suavemente y empezó a caminar hacía atrás, un paso y luego otro. Las velas se apagaron de repente y antes que pudiera entrar en el circulo de sal, la figura ya estaba a su lado.

 

Los vecinos escucharon los gritos de la joven y llamaron a la policía pero para cuando el patrullero llegó, veinte minutos más tarde, los aullidos de dolor habían cesado. 

En la habitación de Ailén encontraron la sal desparramada por el suelo, las velas derretidas en su totalidad, la mirra pegada en el techo y nada más. Sobre la cama estaba la mochila con las carpetas del colegio, el celular y el cargador. No había rastros de la chica. 

Cuando la mamá se enteró tuvo que ser hospitalizada y mandar a llamar al padre quien se encontraba por trabajo, en Uruguay. La policía se puso en contacto con los allegados de Ailén, entre ellos Beta, pero nadie sabía nada. La hipótesis más potable era que había sido secuestrada por una secta. No tenían pistas, ni sospechosos. 

Unos días más tarde, sus compañeros y vecinos organizaron una marcha reclamando justicia por Ailén, abrieron una cuenta de Facebook para homenajearla, todos subían a las redes sociales fotos o anécdotas compartidas. Pronto se convirtió en Tropic trending y salió en todos los noticieros. Se hizo tan popular que le pusieron Ailén a la nueva biblioteca del colegio, los youtubers sacaban videos sobre las diversas teorías de la desaparición y los podcasters que trataban el caso, eran los más escuchados. 

Beta organizó una fiesta homenaje en la casa de Nadia, donde todos llevaban puesto una remera con la foto de Ailén; se pasaron videos y fotos de su infancia juntas. 

-Era mi mejor amiga, nunca la voy a olvidar, daría lo que fuera por ocupar su lugar y que ella tome el mío. Unidas para siempre.-

 

Cuando la policía descubrió que Ailén había impreso un ritual del sitio web "La comunidad sangrienta" empezaron a rastrear a los administradores creyendo que podrían ser los autores intelectuales del crimen. Menuda decepción se llevaron cuando se enteraron de que eran puras patrañas de un par de treintones con ganas de perder el tiempo. Todo el contenido era falso: estaban más desorientados que al principio. Al filtrarse esta información, Beta perdió popularidad: los había engañado a todos, no había adivinado nada, ni hecho ningún rito, confesó no haber jugado nunca ni siquiera a la Ouija. Con el tiempo, sus amigos se alejaron hasta dejarla sola, se había convertido en un ser invisible, ya ni los profesores recordaban su nombre. 

Una tarde fue a visitar a la familia de Ailén, quería saber como estaban y sí había novedades. La recibió la mamá que tenia aspecto demacrado y desaliñado, conversaron un poco y cuando sonó el teléfono, Beta aprovechó para escabullirse al dormitorio de su amiga: habían limpiado el lugar, sacado las sabanas de la cama pero los objetos de la joven seguían allí. Recorrió con la mirada viajando hacía atrás, hacia los recuerdos compartidos; cuando jugaban a la maestra, a los autitos chocadores usando las almohadas, cuando acamparon en la sala de estar, nadando en la colonia durante el verano, contandose secretos a través de cartitas que escondían en sus mochilas... entonces se le vino a la memoria la caja de zapatos en donde Ailén las guardaba. Revolvió el placard y la encontró, tenia olor a humedad pero se conservaba en buen estado. Cuando abrió la tapa vio un muñeco con dos alfileres: uno clavado en la cabeza y otro en un pequeño corazón rojo. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Decidió quedarse con él, lo sentía muy dentro suyo, como si le perteneciera. Lo escondió debajo del saco escolar y acomodó el resto como estaba, se despidió de la mamá que continuaba hablando por teléfono y regresó a su casa. 

Esa noche, durmió con el muñeco y soñó con Ailén, eran amigas otra vez: ninguna mentira, magia o hechizo las iba a volver a separar. 

 

 

Autor: Victoria Marañón Rodríguez

Este cuento está incluido en la antología: No vayas a Playa Muerte.