Madame Espanto

 

Madame Espanto presenta una colección de micro relatos semanales en donde lo perturbador, lo terrorífico y lo monstruoso son la única constante.


La secretaria

 

Revisaba la biblioteca con sumo interés, no estaba segura de estar autorizada a husmear entre aquellos libros cubiertos de moho; su jefe podría entrar en cualquier momento y si bien llevaba trabajando para él los últimos seis años, quería evitar los conflictos innecesarios. Una portada con terminaciones en dorado, en apariencia antigua, le llamó profundamente la atención, tanto que olvidó sus propios límites y tomó el libro. Al abrirlo unas fotografías en blanco y negro cayeron a la alfombra persa que decoraba la habitación. Cuando las vio no contuvo las náuseas. Extrañas partes del cuerpo humano formaban parte de un nauseabundo collage en el que su propio jefe sonreía extasiado, reposando sin ropa sobre ellas. 

La puerta se abrió de golpe, él la vio temblando mientras sostenía las fotografías. Era una verdadera pena, hasta entonces había sido una secretaria realmente aplicada ¿en dónde encontraría otra igual? 

 



La infusión

 

Conocía las consecuencias perfectamente, no era la primera vez y lejos quedó, muy atrás, la jovencita ingenua con ganas de cambiar el mundo. Sus infusiones son archiconocidas en la tienda, estaban entre los productos más vendidos. Venus sabía que podía transferir su propio mundo emocional a su trabajo. Aquella vez tan accidentada había sido causa del estrés de su última relación de pareja. La rabia reprimida, los resentimientos callados, el silencio pasivo agresivo, convirtieron a los clientes que probaron sus brebajes, en bestias salvajes violentas destruyendo todo a su paso. No podía volver a cometer ese error. Llamó a su hermana mayor comunicando que se tomaría el día para exorcizar sus enojos. Lejos de ofenderse, su hermana comprendió los motivos; ninguna quería gente desquiciada escupiendo espuma por la boca, dando dentelladas y hablando en lenguas muertas. Los demonios pueden ser tan reactivos.



Cumpleaños feliz

 

 

Sólo había un regalo de cumpleaños que anhelaba y su familia lo sabía a la perfección. La despertaron con el desayuno en la cama. Cuando bajó las escaleras la sala de estar estaba atestada de globos violetas, su color favorito y también su nombre. Una torta de dos pisos con diecisiete velitas ardían mientras entonaban el Feliz cumpleaños con ganas. Intentó esbozar una sonrisa pero no pudo contener las lágrimas que patinaban por sus mejillas, la angustia contenida en el pecho, las ganas de gritar. Apagó las velitas, entonces su mamá le entregó una caja envuelta en papel de regalo con un moño en la tapa. Con las manos temblorosas abrió el paquete y sonrió. De verdad, no tuvo que fingir; la cabeza de su victimario la miraba desde sus cuencas vacías. No volvería a ponerle un dedo encima, ni a ella, ni a nadie más. Nunca más. El mejor cumpleaños de su vida.


Bailarina

 

Las calles porteñas desoladas eran el escenario idóneo para sus fotografías. Quería ganar el primer premio del certamen. Sabía exactamente qué quería; la iglesia de la calle Perón en el barrio de Balvanera. Su arquitectura gótica era perfecta. Enfocó su objetivo y disparó, entonces la vio salir por la puerta principal mientras bailaba en lugar de caminar. Llevaba puesto un catsuit oscuro con estrellas bordadas en plata, el pelo largo recogido en una coleta y un sombrero tanguero negro. La siguió calle abajo con la cámara preparada. Un disparo aquí, otro allá, esa voltereta se ve estupenda. Tenía suficiente material para seleccionar una que le daría la victoria.

Se detuvo bajo la farola para ver las fotografías en el visor de la cámara; ella no salía en ninguna. No se dio cuenta hasta que la tuvo enfrente, la mirada felina puesta en él sin un solo parpadeo. Sus labios rojos se entreabrieron dejando ver los colmillos blancos sedientos de sangre. Ya nunca ganaría ese concurso ni ningún otro.


Todos los micro-relatos fueron escritos por Victoria Marañón Rodríguez y van a salir publicados en la cuenta IG @librosvmr